ROBIN HOOD
Anónimo
CAPÍTULO UNO
NORMANDOS Y SAJONES
Hace cientos de años, los vikingos realizaron
continuas campañas de conquista por toda Europa.
Estos audaces guerreros ‑daneses, noruegos o
suecos‑, tuvieron atemorizado a medio mundo durante tres siglos.
Sus aventuras parecían no tener límites
geográficos: Alemania, Francia, España, Portugal o Rusia fueron visitados por
los feroces vikingos.
Su ansia de expansión, apoyada en una gran
preparación militar, les llevó a emprender arriesgadas expediciones por mares y
ríos.
Las poderosas embarcaciones con las que contaban,
únicas en la época, y su extraordinaria pericia como navegantes les permitían
arribar a cualquier costa y penetrar por cualquier río. Su superioridad naval
se hizo incontestable.
Adquirieron una gran experiencia en los ataques
por sorpresa, y sus terribles y sangrientos saqueos llegaron a sertristemente
célebres en toda Europa.
Uno de estos pueblos vikingos, asentado desde
hacía años en Normandía, emprendió la invasión de la vecina Inglaterra.
Este país, no muy lejano de las costas normandas,
resultaba muy vulnerable por mar. La longitud de su litoral no permitía ni una
vigilancia completa, ni una concentración rápida de las tropas para rechazar
un desembarco.
Todo esto no pasó inadvertido a los ojos del duque
normando Guillermo que, movido por su ambición y deseo de gloria, decidió
preparar a conciencia el ataque a la isla.
‑¡Venceremos a los sajones! ‑arengaba Guillermo a
sus tropas‑. Con la conquista de Inglaterra, nuestro poder se extenderá a
otros reinos.
‑¡Viva el duque Guillermo! ‑gritaban exaltados los
caballeros normandos.
Guillermo de Normandía, animado por el apoyo de
los suyos, continuó diciendo:
‑Los sajones vencieron a nuestros antepasados
muchas veces. Fueron más fuertes, más decididos, más inteligentes... Pero ahora
no lo serán. Ha llegado por fin nuestro momento y. . . ¡ha llegado su hora!
Los aplausos y los vivas al duque Guillermo
cesaron al acabar aquella multitudinaria reunión. Pero el fervor y la entrega
de su ejército lo acompañarían de forma permanente durante toda la expedición.
Meses después, las naves capitaneadas por el duque
Guillermo eran avistadas en las costas inglesas.
‑Señor, se acercan barcos normandos ‑comunicó un
vigía al monarca sajón.
Los sajones no estaban preparados para competir
contra un peligro que procedía del mar.
‑¡Disponed todas las fuerzas posibles en tierra! ‑ordenó
el rey inglés‑. Debemos evitar el desembarco.
Una pequeña guarnición intentó impedir que los
normandos tomaran tierra. Pero no lo consiguió.
Así, Guillermo de Normandía desembarcó en las
costas inglesas, y con sus valerosos guerreros avanzó hacia el interior.
Los sajones, en clara inferioridad numérica, se
habían visto obligados a improvisar la decisiva batalla en Hastings. Poco duró
el combate. El soberano inglés cayó mortalmente herido y el ejército sajón se
rindió incondicionalmente.
Las tropas del duque Guillermo siguieron avanzando
hasta Londres, donde se libró una última batalla con la que desapareció la
débil resistencia sajona. La expedición normanda había sido un rotundo éxito.
En recuerdo de su victoria, el ya nuevo rey de
Inglaterra, Guillermo I el Conquistador, tras ser coronado, mandó construir la
célebre torre de Londres. Esta torre serviría de cárcel para numerosos y
destacados personajes a lo largo de muchos años de la historia inglesa.
Guillermo I, tras su victoria, dedicó sus
esfuerzos a pacificar el país, y tomó algunas medidas para proteger a los
sajones.
‑Os aconsejo prudencia ‑recomendaba el rey a sus nobles‑.
Debemos ser respetuosos con los vencidos. Sólo así conseguiremos la prosperidad
en todas nuestras tierras. Sólo así lograremos una pacífica convivencia.
Desgraciadamente, no todos los seguidores del rey
Guillermo pensaban como él.
Aprovechando una larga estancia del rey Guillermo
en sus posesiones de Francia, los nobles normandos, Ilevados por su soberbia y
ambición, no cesaron de causar humillaciones a los derrotados. Las cargas
tributarias se hicieron cada vez más angustiosas, insoportables para los pobres
súbditos.
Los sajones se sublevaron en masa contra los
opresores. Campesinos, artesanos y nobles unieron sus esfuerzos contra el
enemigo común: los normandos.
‑¡Ya está bien! ‑decía indignado un caballero
sajón‑. No podemos seguir tolerando las injusticias de los normandos. Quieren
hacer de nosotros sus esclavos.
‑¡Debemos combatirlos y ser capaces de librarnos
de ellos para siempre!
‑¡Hay que quitarles el poder! ¡Tenemos que ser
gobernados por un rey sajón!
El rey Guillermo, que había estado ausente de
Inglaterra, encontró a su vuelta un país levantado en armas.
Los sajones se mostraban más rebeldes de lo que en
un principio se podía suponer.
Los nobles normandos decían a su rey:
‑Señor, Ilevado por vuestra bondad y magnanimidad,
habéis tratado demasiado bien a los sajones. Mirad cómo os lo agradecen.
‑Majestad, habéis respetado a vuestros súbditos,
no les habéis expropiado sus tierras y, en cambio, ellos se sublevan contra
vos. Son unos desagradecidos.
El rey Guillermo, ajeno a los desmanes de sus
nobles y desconociendo las razones por las que sus súbditos sajones se
rebelaban contra él, creyó las acusaciones de sus barones.
‑Caballeros, creí que los ánimos se apaciguarían.
Creí que, poco a poco, los sajones olvidarían la derrota de Hastings y acabarían
aceptándonos. Ahora creo que no lo harán nunca ‑dijo el rey en tono de lamento.
Así, tomó la decisión de actuar de inmediato y con
contundencia contra los sajones.
Despojó a muchos nobles de sus posesiones bajo
acusación de haber promovido o respaldado la rebelión, y aplastó cruelmente a
los rebeldes.
Pese a todo, los sajones continuaron
organizándose. Crearon un verdadero ejército clandestino que, en forma de
guerrilla, hostigaba sin tregua a los normandos. Los focos de resistencia
contra los colonizadores se hicieron constantes.
La anhelada paz en Inglaterra se veía cada vez más
lejana, y los normandos, aun ricos y poderosos, no podían vivir tranquilos a
causa de las frecuentes insurrecciones de los sajones.
Murió Guillermo I el Conquistador en guerra contra
Francia y sus inmediatos sucesores, durante años y años, tampoco conseguirían
apaciguar Inglaterra.
La desconfianza de los sajones hacia los normandos
estaba ya tan arraigada que se había convertido en un obstáculo insalvable
entre los dos pueblos.
Los planes de pacificación de los distintos reyes
fallaban estrepitosamente y las revueltas continuaban. Éstas eran contestadas
con absoluta represión. Lo que daba lugar a nuevos enfrentamientos, cada vez
más sangrientos. La espiral de violencia parecía no tener fin.
El rey Enrique de Plantagenet, nieto de Guillermo
I, subió al trono y se propuso, como principal objetivo de su reinado, acabar
con aquellas luchas sin sentido.
Para este
propósito, pensó que debía atraerse, en primer lugar, a algunos influyentes
nobles sajones. Para conseguirlo,, no escatimó tiempo y esfuerzo el ilusionado
rey.
CAPÍTULO DOS
DOS NOBLES FAMILIAS
SAJONAS
En
un majestuoso castillo cercano a la bulliciosa ciudad de Nottingham vivía
Edward Fitzwalter, conde de Sherwood, y su esposa Alicia de Nhoridon.
Los dos eran sajones. El matrimonio mantenía
escasas relaciones sociales y permanecía alejado de las intrigas de la época.
El conde de Sherwood no había participado en
ninguna sublevación contra los normandos y éstos, aun de mala gana, se habían
visto obligados a respetar al conde y sus posesiones. Aunque no fue atacado
nunca frontalmente, Edward Fitzwalter tampoco era mirado con buenos ojos por la
nobleza normanda, en la que existía cierto recelo.
Dentro de los planes apaciguadores que llevaba
acariciando durante largo tiempo el rey Enrique de Plantagenet, entraba precisamente
ganarse la confianza del noble sajón Edward Fitzwalter
‑Hablaré con Edward Fitzwalter ‑comunicó el rey
Enrique a uno de sus más estrechos colaboradores‑‑‑. Si consigo la adhesión del
conde, tal vez otros nobles sajones lo secunden y poco a poco logremos el
respaldo de todos. ¿Qué pensáis?
‑Es una buena idea, señor ‑contestó el barón
normando a su rey‑‑‑. El conde de Sherwood goza de gran respeto entre la
nobleza sajona. Respeto sin duda merecido, ya que es todo un caballero. La
mayoría de los normandos comparten también esta opinión.
El rey Enrique de Plantagenet deseaba con
sinceridad que finalizaran los enfrentamientos entre sajones y normandos, y
centró sus esfuerzos en conseguirlo.
Así, pocos días después de esta conversación, fue
a reunirse con el conde de Sherwood. Le tendió su mano y de sus labios salieron
algunas promesas impensables en años anteriores.
‑Señor, os agradezco la confianza que habéis
depositado en mí ‑contestó el conde,
‑Entonces, conde de Sherwood, ¿puedo contar de
verdad con vos ? ‑preguntó el rey con impaciencia,
‑Majestad, no dudo de que os guían buenos deseos y
de que sois sensible al sufrimiento del pueblo sajón ‑comenzó a decir el conde‑.
Pero vuestras promesas no son suficientes para paliar los daños que vuestro
pueblo ha causado al mío...
‑Pero es necesario que todos hagamos el esfuerzo
de salvar nuestras diferencias, conde de Sherwood. La batalla de Hastings
pertenece ya al pasado.
‑Es cierto, señor Pero es pronto aún para confiar
en vos. Es posible que sean nuestros hijos los que vivan la reconciliación
entre nuestros pueblos, los que puedan vivir en paz.
‑¿Tenéis hijos, conde? ‑preguntó el rey
asintiendo.
‑Espero uno, majestad.
‑Conde de Sherwood, os prometo que haré cuanto
pueda por acabar con los problemas del pueblo sajón, que intentaré borrar los
errores de mis antepasados y que me esforzaré por apaciguar esta tierra.
‑Por mi parte, majestad ‑contestó el conde‑, os aseguro
que no participaré en ningún levantamiento contra vos. Actuaré como he venido
haciéndolo hasta ahora. Pero tampoco conseguiréis mi adhesión hasta que no
exista una completa igualdad entre sajones y normandos.
El rey Enrique y el conde de Sherwood estrecharon
sus manos y se despidieron amistosamente.
No mucho tiempo después, Edward Fitzwalter tuvo
ocasión de comprobar que los buenos propósitos del rey Enrique quedaban
olvidados ante una nueva revuelta sajona.
La sublevación fue castigada con terrible dureza.
Sajones y normandos seguían siendo enemigos irreconciliables.
En esta triste situación vino al mundo el heredero
del conde de Sherwood.
La alegría reinaba en todos los rincones del
castillo del conde. Amigos y vecinos acudieron a conocer al pequeño recién
nacido.
Un precioso niño había venido al mundo para
felicidad de Alicia de Nhoridon y Edward Fitzwalter, sus padres.
‑Se llamará Robert ‑dijo el conde a todos los
presentes sin disimular su alegría‑. Será un valeroso sajón y confío en que le
toque vivir tiempos mejores.
‑¡Ojalá pueda ser más feliz que nosotros! ‑dijo
levantando su copa uno de los allí reunidos.
Y todos brindaron porque así fuera.
El conde de Sherwood era íntimo amigo del también
noble sajón Richard At Lea, conde de Sulrey. Y éste y su esposa tuvieron, no
mucho tiempo después, una preciosa niña, a la que pusieron por nombre Mariana.
Los dos nobles sajones se reunían con frecuencia y
mantenían interminables conversaciones sobre la compleja situación del reino.
‑Las sublevaciones no cesan, querido amigo ‑dijo
Richard At Lea‑. Pero el poder normando permanece inalterable a lo largo de los
años.
‑Sí, Richard, nuestro pueblo está extenuado por
las luchas y por las humillaciones de los barones normandos. Los reyes intentan
apaciguar esta tierra, pero fracasan. No son capaces de contrarrestar el poder
de sus nobles.
‑Y mientras tanto, ¿por qué luchamos ya los
sajones, después de tanto tiempo? Todo parece ser una locura colectiva que no
tiene fin. . .
‑Ojalá Inglaterra tenga pronto un rey poderoso y
justo que haga posible la igualdad entre sajones y normandos ‑contestó con
tristeza Edward Fitzwalter
Pero los dos nobles sajones también aprovechaban
su compañía para sonar, al calor de la chimenea de uno a otro castillo. El
sueño que compartían era que Robert y Mariana, Ilegado el momento, se unieran
en matrimonio.
‑Nuestra amistad, conde de Sulrey, quedaría
coronada por la unión de nuestros hijos.
‑Nada me agradaría más, Edward, que emparentar con
vos. Y estoy seguro además de que mi hija sería muy feliz con Robert.
Pasaron unos años y murió el rey Enrique de
Plantagenet.
Pocos meses antes, el conde de Sherwood había
perdido a su querida esposa Alicia. La única satisfacción de Edward Fitzwalter
era tener cerca a su hijo Robin, como le llamaban todos cariñosamente,
convertido ya en un apuesto joven.
‑¿Qué pasará ahora, padre, que el rey ha muerto? ‑preguntó
Robin ante la reciente noticia.
‑Subirá al trono su hijo Ricardo, Robin.
‑¿Será un buen rey? ¿Lo conoces? ‑preguntaba con
avidez Robin.
‑Lo conozco poco, hijo. Pero deseo que consiga
hacer de Inglaterra un gran reino en el que se viva en paz.
CAPÍTULO TRES
UN NUEVO REY:
RICARDO CORAZON DE LEON
Como
estaba previsto, tras la muerte del rey Enrique de Plantagenet subió al trono
su hijo mayor, Ricardo I, conocido con el sobrenombre de Corazón de León por
su nobleza y valentía.
El nuevo rey era muy sensible a la miseria en la
que vivían los súbditos sajones. Conocía también los intentos que sus
antepasados y, en especial, su padre, habían hecho por cambiar esa situación,
sin conseguirlo. Pero él estaba decidido a dar un giro definitivo al curso de
los hechos. Deseaba ser el rey de un país en el que, de una vez por todas, no
existieran ni vencedores ni vencidos.
‑Debemos construir una nueva Inglaterra. Pacífica,
respetada en el exterior, poderosa... ‑decía ilusionado el nuevo rey‑‑‑. Para
ello se necesita la colaboración de todos por igual: sajones y normandos,
nobles y plebeyos. Todos tendrán un lugar en el nuevo reino.
El rey Ricardo empezó a captar muy pronto la
confianza de sus súbditos, ya fueran sajones o normandos. Entre sus más
entusiastas seguidores estaban su esposa Berengaria; lady Edith Plantagenet, su
prima, y la reina madre, Leonor
Entre las primeras medidas que tomó Ricardo Corazón
de León, en aras de una mayor igualdad entre sus súbditos, estaba la estricta
prohibición de infligir castigos corporales a los siervos, tratados como
verdaderos esclavos, y la libertad de caza en los bosques, hasta ahora
privilegio de los normandos.
El rey Ricardo, con su bondad y su carácter
conciliador, hizo cicatrizar las heridas abiertas entre los dos pueblos. Todos
lo aceptaron para que fuera el rey de todos. Odios y rencillas parecieron
quedar adormecidos en un profundo sueño.
Pero Ricardo Corazón de León pasaría poco tiempo
en su país. Así, tuvo que acudir a la llamada del papa Clemente III para
participar en la Tercera Cruzada, con el fin de liberar Jerusalén, en manos
del musulmán Saladino.
El rey, antes de su partida, tuvo grandes dudas.
‑¿Cómo voy a ausentarme de Inglaterra durante
tanto tiempo, y precisamente ahora, cuando más me necesitan mis súbditos? ‑se
lamentaba.
Mas su deber como rey cristiano, su deseo de lucha
contra los infieles y el sincero mensaje recibido del Papa ofreciéndole la
dirección de la Cruzada, hicieron que Ricardo tomara finalmente la decisión de
partir hacia Tierra Santa.
‑¡Conquistaré Jerusalén. Se la arrebataré a los
infieles! ‑decía con absoluta seguridad el rey
Durante su ausencia ocuparía el trono su hermano
Juan I, conocido como Juan sin Tierra.
‑Partid tranquilo, hermano mío. Aquí me
encontraréis a vuestra vuelta y aquí encontraréis vuestro amado reino ‑dijo
Juan sin Tierra a Ricardo en el momento de su marcha.
‑Gracias, hermano. Sé que puedo confiar en vos. Sé
que gobernaréis como yo lo haría y que cuidaréis de nuestros súbditos. Me voy
tranquilo porque sé que Inglaterra queda en buenas manos.
Y, seguido de su séquito, Ricardo Corazón de León
abandonó, quién sabe por cuántos años, su querida Inglaterra.
Juan sin Tierra, en muy poco tiempo, acabó con los
importantes logros de su hermano. Sembró de nuevo la desconfianza y resurgió
la discordia. Su crueldad y avaricia volvieron a abrir el abismo entre sajones
y normandos.
Estaba convencido de que los normandos eran una
clase superior y de que sólo a ellos les correspondía el poder.
La sed de venganza parecía el único móvil que
empujaba a quien regentaba el destino de Inglaterra.
‑No podemos seguir tolerando las continuas
revueltas de los sajones ‑dijo Juan sin Tierra.
‑Así se hará, majestad. No lo dudéis ‑asintieron
sus colaboradores más allegados.
‑Pero, señor, vivimos por primera vez una larga
época de paz. Los sajones están ahora muy tranquilos ‑intervino un barón
normando allí presente.
‑¡Qué ingenuo sois, caballero! ‑contestó con
desprecio el príncipe‑. ¿Acaso creéis que los sajones han dejado de tramar
conspiraciones contra mi persona? ¿Pensáis tal vez que se resignan a estar bajo
una dinastía normanda? ¡Estúpido!
El barón que había manifestado públicamente su
disconformidad con las palabras del príncipe era sir Percy Oswald, quien
abandonó la sala inmediatamente.
Sir Percy Oswald no estaba de acuerdo con las
ideas del príncipe Juan. Pensaba que lo peor para Inglaterra era volver a los
tiempos de crueldad y enfrentamientos que, afortunadamente, habían sido ya
superados.
Pero Juan sin Tierra no estaba dispuesto a aceptar
ninguna opinión que no coincidiera con la suya. Y por ese motivo, sir Percy
Oswald quedó automáticamente fuera de su círculo de confianza.
Durante uno de los frecuentes encuentros entre
Edward Fitzwalter y Richard At Lea, los dos nobles se confesaron su
preocupación por los rumores que corrían acerca del príncipe Juan.
‑No parece que vaya a seguir los pasos de su
hermano ‑dijo Richard At Lea a su amigo.
‑El rey Ricardo fue demasiado bondadoso al confiar
en su hermano ‑repuso Edward Fitzwalter‑. De todas formas, el príncipe Juan no
se atreverá a ir contra las medidas adoptadas por el rey.
‑Ojalá que así sea, Edward. Pero se me ocurre una
cosa. El príncipe no ignora que no simpatizamos con él. Quiero proponerte que,
si a ti o a mí nos ocurriera algo, el otro iría a hacérselo saber al rey a
Tierra Santa.
‑De acuerdo, Richard.
No transcurrió mucho tiempo sin que se confirmaran
los temores que se habían confesado los dos nobles sajones.
El príncipe Juan, apoyado por un grupo de
incondicionales normandos, comenzó a romper las normas que había dictado su
hermano.
Inglaterra parecía dirigirse hacia un trágico
destino en el que sólo se oyera el lenguaje de las armas.
Un desgraciado día, el conde de Sherwood apareció
muerto en el campo. Había salido por la mañana a visitar a un vecino. De
regreso a su castillo, un grupo de encapuchados lo atacó y lo dejó muerto en
el camino.
El fiel Richard At Lea acompañó a Robin en tan
duros momentos. Estuvo con él durante el entierro de su querido amigo y alentó
al desconsolado hijo.
‑No dejes que la pena inunde tu corazón. Eres el
heredero de Sherwood y debes hacer honor a tu apellido ‑dijo Richard a Robin,
sin poder contener su emoción.
El conde de Sulrey no quiso comunicar, ni siquiera
a Robin, sus sospechas de que el propio príncipe Juan podría estar implicado en
la muerte de su amigo, de que todo hubiera sido una acción preparada por él y
sus secuaces.
Pero Richard At Lea supo inmediatamente lo que
tenía que hacer: poner los hechos en conocimiento del rey. Para ello debía
encaminarse hacia Tierra Santa.
CAPÍTULO CUATRO
UN VIAJE FROSTRADO
Llevado
por el deseo de que se hiciera justicia por la muerte de su amigo y tratando
de evitar males peores para Inglaterra, Richard At Lea se dispuso a realizar
los preparativos para su viaje a Tierra Santa.
Había asuntos importantes que tenía que resolver:
conseguir dinero para poder fletar un barco y pagar a los hombres armados que
lo acompañarían, y dejar a alguien encargado de la custodia de su hija.
At Lea, después de pensar en quién podría ser la
persona más idónea, decidió acudir a un amigo a quien hacía tiempo que no veía:
Hugo de Reinault.
Este noble caballero sajón debía algunos favores a
Richard At Lea. Ahora era muy rico y, sin duda, estaría dispuesto a ayudarle.
Pero, a veces, el tiempo hace cambiar a los
hombres, y lo que no podía imaginar Richard At Lea es que Hugo de Reinault
fuera en ese momento partidario de Juan sin Tierra.
El príncipe Juan comenzaba a contar con un buen
número de adeptos, muchos de ellos sajones. La mayoría de los caballeros
reclutados lo había sido a cambio de dinero contante y sonante, o bien con la
promesa de ser fuertemente recompensados con tierras y privilegios.
Éste era el caso de los hermanos Robert y Hugo de
Reinault, Guy de Gisborne, Arthur de HiIls y tantos otros. Todos ellos fueron
capaces de traicionar a su legítimo rey, a su pueblo, a sus amigos y
compañeros, incluso a sí mismos, exclusivamente por dinero y poder
A un hombre de esta calaña, a Hugo de Reinault,
fue a quien se dirigió el noble Richard At Lea en busca de ayuda.
‑¿Qué os trae por aquí, querido amigo? ¡Cuánto
tiempo sin veros! ‑saludó de forma efusiva Hugo de Reinault al recién Ilegado.
‑Yo también me alegro de veros, Hugo, aunque
hubiera deseado que no fuera en esta ocasión ‑dijo con tristeza Richard At Lea.
‑Hablad presto, Richard. ¿Qué sucede?
‑¿Puedo confiar en vos? Lo que quiero contaros no
lo he hablado con nadie ‑dijo tomando precauciones Richard At Lea.
‑Soy vuestro amigo, Richard. No he olvidado cuando
me ayudasteis y si hay algo que esté en mi mano, no dudéis en que podéis contar
con ello. Además, soy sajón hasta la médula.
‑Hace unos días murió el conde de Sherwood a manos
de seguidores del príncipe Juan ‑dijo bajando la voz Richard At Lea.
‑¿Estáis seguro? ¿Cómo lo habéis descubierto?
‑No tengo pruebas, Hugo. Pero tengo la más
absoluta certeza de ello. Mira lo que está ocurriendo en Inglaterra.
‑Y bien, ¿qué podemos hacer, querido amigo?
‑Yo debo ir a Tierra Santa a poner los hechos en
conocimiento del rey. Así lo decidimos Edward Fitzwalter y yo si a alguno de
nosotros le sucedía algo.
‑Entonces, ¿para qué me necesitáis?
‑Preciso fletar un barco a ir acompañado de un
grupo de soldados. En este momento no tengo el dinero necesario. Para eso he
venido a veros, para que me prestéis, si podéis, ese dinero.
‑Ahora mismo no dispongo de la cantidad que
necesitáis. Tendría que pedirlo yo y cobraros los intereses correspondientes.
‑No importa, Hugo. Hagámoslo como decís. No estoy
en condiciones de poder elegir ni de poder esperar.
‑Mañana tendréis el dinero, Richard. Ahora,
tomemos una copa de vino y brindemos por vuestro viaje.
‑Gracias, amigo. Necesito aún pediros otro favor,
quizá más importante que el anterior. Como sabéis tengo una hija. Deseo que,
durante el tiempo que yo esté fuera, ella permanezca en un convento y vos seáis
su tutor.
‑Os agradezco la confianza que depositáis en mí,
Richard. Seré un verdadero padre para vuestra hija mientras estéis ausente.
‑Por supuesto que os dejaré el poder legal
correspondiente y os compensaré por las molestias que todo esto os cause.
Unos días después, tras firmar todos los
documentos, Richard At Lea se hacía a la mar con el barco y la tripulación
proporcionados por Hugo de Reinault.
Nada más zarpar Richard At Lea, Hugo se dirigió al
palacio de Juan sin Tierra. Allí le esperaba el nutrido grupo de caballeros
adeptos al príncipe y el propio príncipe en persona.
De Reinault contó a sus amigos lo ocurrido con At
Lea.
‑Pero... ¿le habéis dejado partir a Tierra Santa? ‑preguntó
con indignación y la voz temblorosa el príncipe Juan.
‑Tranquilo, señor. Los hombres que lo acompañan
llevan órdenes muy claras. Si no me fallan los cálculos, a estas horas ya se
habrán amotinado contra el conde de Sulrey, y estarán de vuelta dentro de muy
poco en el puerto del que salieron. De ahí, el conde pasará a la más oscura
mazmorra de mi castillo.
‑Sois muy listo, Hugo ‑afirmaron todos.
‑Pero hay más, señores. Tengo documentos legales
firmados de puño y letra por Richard At Lea por los que sus bienes pasarán a
mis manos y, como tutor de su hija, también me pertenecerán los de ella. Así,
no sólo me he deshecho de un enemigo de vos, príncipe, sino que además nos
repartiremos la apreciable fortuna de los At Lea.
La reunión acabó con aplausos dirigidos al astuto
Hugo de Reinauf y con un brindis dedicado al talento y la sagacidad del noble.
Pocos días después, tal y como había previsto el
traidor sajón, Richard At Lea era llevado ante él.
‑Hugo, ha sido una terrible experiencia. Los
soldados se amotinaron . . .
‑¿Quién sois? ‑interrumpió bruscamente Hugo de
Reinault a Richard, que presentaba un aspecto lamentable.
‑¿No me reconocéis, Hugo? Soy Richard At Lea,
vuestro amigo:
‑¡Imposible! Richard At Lea salió hace unos días
hacia Tierra Santa. Yo mismo le proporcioné el barco y la tripulación. Vos
debéis de ser un impostor. ¡Guardias, encerradle!
En ese mismo momento, Richard At Lea comprendió
que había sido víctima de un engaño; más que eso, de una terrible traición.
A quien había considerado un amigo no era más que
un traidor, un vendido a la causa de Juan sin Tierra.
Pero ahora, su triste realidad es que estaba en
manos de un hombre sin escrúpulos. Pero no sólo él, sino también su querida
hija y todos sus bienes.
Richard At
Lea lloró amargamente en su celda. Un triste Ilanto derramado por quien se
sentía el ser más infeliz y solo de la Tierra. Nunca unas lágrimas habían sido
muestra de un dolor tan hondo, de una desesperación tan profunda.
CAPÍTULO CINCO
LA PRIMERA ACCIÓN DE
ROBIN
Tras
la muerte de su padre, el joven Robin se vio sumido en la tristeza y en la
desolación. Aun sin sospechar la verdad, el heredero de Sherwood se sentía solo
y desgraciado, sin el padre con el que tanto compartía y del que tanto había
aprendido.
Intentando hacer algo por cambiar su triste estado
de ánimo, decidió buscar la compañía de las dos personas en las que más
confiaba y a las que más cariño tenía: Richard At Lea y su hija Mariana.
Se dirigió al castillo de los At Lea y, allí, uno
de los sirvientes le informó de que el conde había partido a Tierra Santa y que
Mariana se encontraba en el castillo de Hugo de Reinault, su tutor por decisión
paterna.
Robin, extrañadísimo, comentó:
‑¡En el castillo de Hugo de Reinault! ¡Qué raro!
Ese caballero tiene fama de ser un cruel prestamista que ha ido despojando de
sus tierras a medio condado. Además es el hermano de Robert, corregidor de
Nottingham.
‑¡Pero, señor, son sajones! –le dijo el sirviente
de los At Lea.
‑Aun siéndolo, no me fío de ellos ‑contestó Robin.
Robin abandonó el castillo del que fuera gran
amigo de su padre y decidió visitar a Hugo de Reinault para entrevistarse con
Mariana.
‑¿Qué os trae por aquí, señor Fitzwalter?
‑Creo que vos sabéis dónde se encuentra el señor
At Lea.
‑Efectivamente. Mi amigo Richard At Lea ‑habló
Hugo poniendo mucho énfasis en las palabras "mi amigo"‑ me pidió
prestado dinero para ir a Tierra Santa. Y hacia allí se dirige gracias a mi
ayuda.
‑¿Y Mariana? ¿Podría hablar con ella? ‑preguntó
Robin.
‑Soy legalmente el tutor de Mariana y en este
momento no podéis verla.
‑¿Acaso tenéis miedo de que hable con ella?
¿Ocultáis algo, señor Hugo de Reinault? ‑dijo Robin con tono acusador.
‑¡No tengo nada que ocultar, señor Fitzwalter! Es
mi palabra de caballero. Ahora, váyase. No puedo perder más tiempo. ¡Soldados,
acompañen al señor!
Y rodeado de un grupo de hombres armados, Robin
abandonó el castillo de Hugo de Reinault.
El señor de Reinault tuvo la impresión de que el
joven Robin sospechaba algo. Y lo mismo parecía ocurrir con Mariana. La joven
había pronunciado algunas palabras, en la conversación que los dos mantuvieron,
que denotaban cierta desconfianza hacia él y cierta extrañeza de que su padre
hubiera tomado las decisiones que parecía haber tomado.
Hugo de Reinault se tranquilizó a sí mismo. ¿Qué
peligro podían suponer tanto Robin como Mariana? Y al fin y al cabo, en el
peor de los casos, serían sólo unas pequeñas molestias a cambio de los grandes
beneficios que iba a obtener de esta operación.
Robin, desde su conversación con el señor de
Reinault, no conseguía olvidarse del asunto. Estaba cabizbajo, meditabundo, no
hablaba con nadie y vagaba por los caminos a lomos de su caballo.
Un día, en uno de esos paseos sin rumbo, Robin
encontró a un grupo de campesinos. Discutían airadamente y oyó voces de
protesta contra los normandos. Robin se acercó a ellos.
‑¿Qué sucede? ‑preguntó bajando de su caballo.
Uno de los siervos de Robin explicó a su señor que
Feldon, un hombre al servicio de Guy de Gisborne, había sufrido un terrible
castigo por un hecho sin importancia. Este castigo había consistido en dejarle
sin comer, durante más de una semana, a él y a su familia. El desgraciado
Feldon, sumido en la más absoluta desesperación, había cazado un ciervo para
dar de comer a los suyos. Enterado Guy de Gisborne, lo había apresado y
condenado a muerte. Su mujer y sus dos hijos serían azotados.
‑¡Esto es intolerable! ‑gritó con indignación
Robin‑. Las leyes están para cumplirlas. Feldon tiene derecho a cazar. El mismo
derecho que el señor de Gisborne. Iré a pedir cuentas a ese mezquino caballero.
‑No lo hagáis, señor ‑le pidió con preocupación el
campesino que le había contado la triste historia de Feldon‑. Guy de Gisborne
está respaldado por el príncipe Juan y no conseguiréis nada. Irá contra vos
también. Es muy poderoso. No vayáis.
‑No os preocupéis, os lo ruego. No tengo ningún
miedo a ese caballero que se salta las leyes a su capricho. Avisa a todos mis
soldados, que se queden en el castillo y me esperen allí ‑dijo Robin mientras
se alejaba con su caballo.
Robin se dirigió al castillo del señor de Gisbome
dispuesto a todo por conseguir que la ley se cumpliera. No podía consentir que
un señor dispusiera de la vida de un hombre. Daba igual que fuera normando o
sajón. Era una vida humana y, como tal, merecía respeto.
Estas enseñanzas de respeto y amor al prójimo las
había recibido Robin de su padre. "¡Ay, cuánto le echo de menos! ¡Cuánto
podría haberme ayudado mi padre en estas circunstancias y en otras que sin duda
me deparará la vida! ¡Ni siquiera cuento con el buen consejo del señor At Lea!
¡Qué solo estoy!" ‑pensaba Robin mientras se dirigía a ver al señor de
Gisborne.
Poco después llegaba a las puertas del castillo y
pedía ser recibido por el señor Mientras tanto, observó los preparativos que se
realizaban para llevar a cabo la ejecución de Feldon.
‑Señor Fitzwalter, no sé qué hace un noble sajón
bajo mi techo. Ya sé que visitasteis a Hugo de Reinault, pero...
‑Que, por cierto, también es noble sajón ‑le
interrumpió irónicamente Robin.
‑¡Basta de bromas, joven! ‑dijo con crispación Guy
de Gisborne‑. Yo no sé nada de Richard At Lea ni de su hija.
‑No es ése el motivo de mi visita Vengo a impedir
la muerte de su siervo, ese pobre desdichado al que pensáis ejecutar por hacer
uso de su derecho a cazar ¿Acaso habéis olvidado que la caza no es un
privilegio normando según las leyes de nuestro rey?
‑¿Qué rey? ‑preguntó cínicamente Guy de Gisborne‑.
Yo sólo tengo un rey, y es el príncipe Juan.
‑Si es el príncipe Juan el que está detrás de
esto, vos y él estáis violando las leyes. No podéis matar a ese hombre ni torturar
a su familia. ¡Que se suspenda la ejecución! ‑gritó Robin.
‑Meteos en vuestros asuntos, jovencito. La
ejecución se Ilevará a cabo, ¡por encima de vos si es preciso!
Robin se fue sin siquiera despedirse. Se dirigió a
su castillo. Allí le aguardaban sus hombres, preparados para lo que él dispusiera.
La orden de Robin fue atacar la fortaleza del señor de Gisborne para liberar a
su vasallo Feldon.
Robin y sus hombres no tuvieron en cuenta ni su
inferioridad numérica ni el peligro que corrían. La sed de justicia a igualdad
les hacía enfrentarse valerosamente al enemigo.
Guy de Gisborne y sus soldados no esperaban el
ataque. Fue un verdadero asalto por sorpresa. Casi no hubo respuesta: no les
dio tiempo a reaccionar, ni siquiera a llegar a las armas.
Robin, con sus propias manos, liberó al desdichado
Feldon, que no podía creer lo que estaba viendo.
Una vez alcanzado su objetivo, Robin y Feldon en
el mismo caballo, seguidos por los hombres que habían hecho posible la
victoria, se alejaron al galope. Más tarde, pudieron respirar tranquilos en
los aposentos del castillo de Sherwood.
Sólo había una cosa que entristecía a Robin: no
haber podido salvar también a la esposa y los dos hijos de Feldon de la
crueldad del señor de Gisborne.
CAPÍTULO SEIS
EN EL BOSQDE DE
SHBRWOOD
Durante varios días, la calma y la paz reinaron en
el castillo del conde de Sherwood. La satisfacción por el deber cumplido era el
sentimiento que compartía Robin con sus hombres. El constante agradecimiento de
Feldon era lo único que hacía ensombrecer la alegría de Robin. Le hacía
recordar los tormentos que podía estar sufriendo la familia del que era ahora
su más incondicional vasallo.
Pero Guy de Gisborne no había olvidado la terrible
acción cometida por Robin. Convocó una reunión con el príncipe Juan y sus más
fieles seguidores, y allí expuso los hechos ocurridos.
‑Caballeros, nos hemos librado de Edward
Fitzwalter y también de Richard At Lea. Pero mientras ande suelto Robin, no nos
dejará vivir tranquilos. Ese joven es muy peligroso ‑dijo Guy de Gisborne.
‑Estoy de acuerdo ‑intervino Hugo de Reinault‑.
Estoy seguro de que sospecha algo sobre lo ocurrido con At Lea, y no cejará en
su empeño hasta averiguarlo. Conozco muy bien a ese joven sajón.
‑Entonces, Guy de Gisborne, atacad su castillo ‑dijo
el príncipe Juan‑. Todos colaboraremos con nuestros soldados. Además, ese
joven es muy rico. Nos quedaremos con su castillo, con sus tierras y con sus
bienes. Nos repartiremos todo.
Tomada la decisión, los caballeros se dispersaron.
Pocos días después, según lo convenido, un numeroso ejército, nutrido con
hombres de diversa procedencia, rodeaba el castillo de Sherwood, preparado para
el asalto.
Por su parte, los hombres de Robin de Fitzwalter
permanecían en sus puestos día y noche. Todos ellos mantenían alto el ánimo.
Estaban dispuestos a todo en defensa de la ley, y con la seguridad y tranquilidad
de espíritu que produce estar cargado de razón.
Después de un mes de asedio al castillo de
Sherwood, las frecuentes escaramuzas no supusieron ninguna rotunda victoria
para los atacantes ni ninguna sonada derrota para los atacados.
Aparte del agotamiento que empezaba a hacer mella
en las tropas atacantes, esta expedición empezó a ser duramente criticada por
numerosos nobles, tanto sajones como normandos. Todos sospechaban que el
príncipe respaldaba tal acción. Todos sabían perfectamente quiénes eran Guy de
Gisborne y el pequeño a influyente grupo que rodeaba a Juan sin Tierra.
Se convocó una nueva reunión para discutir qué era
lo más conveniente, dadas las actuates circunstancias.
Como en otras ocasiones, Hugo de Reinault fue el
que aportó la idea más diabólica para acabar con aquella situación.
‑Señores, creo que se debe enviar un mensajero que
anuncie el perdón a Feldon y a los que, como él, se refugiaron en el castillo.
. .
‑¡Pero estáis loco, Hugo! ‑interrumpió con furia
Guy de Gisborne.
‑¡Calma, escuchadme! Debéis ordenar el perdón de
Feldon y de todos vuestros vasallos que han ido engrosando las filas de Robin.
Mandad que todas las mujeres a hijos de los rebeldes sean llevados a las
murallas del castillo. Si esos rebeldes no aceptan el perdón que les concedéis,
sus familias serán ejecutadas. Os aseguro que las esposas convencerán por sí
mismas a sus maridos.
‑Sois un verdadero genio, Hugo ‑exclamó Guy de
Gisborne.
Los acontecimientos se desarrollaron tal y como
había previsto el astuto Hugo de Reinault. Un mensajero anunció las condiciones
a las puertas del castillo de Sherwood.
Cuando los desertores del señor de Gisborne vieron
a sus esposas y a sus hijos pidiéndoles que depusieran su actitud para
salvarse, no tuvieron fuerza moral para mantener la lucha.
El primero en enternecerse fue Feldon.
‑Señor Fitzwalter, he de ir con los míos. Aunque
todo sea una patraña, aunque luego me maten, debo intentar salvarlos.
‑Nosotros lo seguiremos ‑dijeron otros.
Robin intentó convencerlos de que no lo hicieran, de que sin duda era
una trampa.
‑No sólo ajusticiarán a vuestras familias, sino a
vosotros mismos. El señor de Gisborne no olvida. Nunca os perdonará ‑les decía
Robin.
Todo fue inútil. Los hombres no podían dejar de
oír las voces de sus esposas. Se les rompía el corazón.
Pronto, los primeros en salir pudieron estrechar a
los suyos sin que les ocurriera nada. Muchos siguieron su ejemplo.
Robin se quedó con un puñado de hombres. Así no
podían seguir resistiendo en el castillo sitiado.
‑Tenemos que salir de aquí para salvar nuestras
vidas ‑les dijo a sus hombres‑. Pero no nos entregaremos al enemigo. Iremos al
bosque de Sherwood. Lo conozco como la palma de mi mano. No se atreverán a
internarse en él. Os lo aseguro.
Aprovecharon la noche para salir sigilosamente por
la puerta trasera del castillo. A los pocos minutos entraban en el bosque, un
refugio seguro.
A la mañana siguiente, los hombres de Guy de
Gisborne descubrieron lo sucedido.
‑¡Han escapado! ‑gritó uno de los soldados.
Las huellas les condujerron hasta el cercano
bosque de Sherwood.
La noticia fue comunicada rápidamente al señor Guy
de Gisborne, que se encontraba acompañado de Hugo de Reinault
‑¡Maldito sea! ¡Ha conseguido escapar! ¿Qué
podemos hacer para darle su merecido, Hugo?
‑Nada por el momento. Ahora, Robin ya no es un
peligro. Está recluido en el bosque. Sherwood es su prisión. Si sale de ahí,
caerá en nuestras manos.
‑Es cierto, Hugo. Ya no hay nada que temer:
Pediremos al principe que lo declare proscrito, un ciudadano fuera de la ley. A
él y a sus hombres, por supuesto.
‑Brindemos, amigo, por las ganancias obtenidas:
tierras, dinero, un castillo... Hay mucho para repartir entre todos ‑dijo el
interesado Reinault.
Mientras tanto, Robin reflexionaba en Sherwood
sobre todo lo que había ocurrido. No se arrepentía de nada. Volvería a actuar
de la misma manera otra vez. Pero estaba preocupado: ¿Cuánto tiempo pasaría sin
que pudieran salir del bosque de Sherwood? ¿Qué les habría ocurrido a Feldon y
a los demás?
A los pocos días recibieron la visita de un pastor
que había descubierto un camino sin vigilancia por el que llegar al bosque.
El pastor les contó que Feldon y cinco hombres más
habían sido ejecutados. Todos los demás habían recibido crueles castigos y sus
familias se morían de hambre.
‑¡Lo sabía! No deberían haber creído al mensajero
del señor de Gisborne ‑se lamentó Robin.
‑Todos los que viven están arrepentidos de lo que
hicieron, Robin ‑dijo el pastor‑. La gente de la comarca admira vuestro
comportamiento y quiere ayudaros. ¿Qué podemos hacer?
‑Necesitamos más hombres y comida ‑dijo Robin‑.
El pastor cumplió su promesa. Fue reclutando
hombres jóvenes y les hizo llegar alimentos.
El grupo del bosque de Sherwood era ya bastante
numeroso. Todos sus miembros juraron lealtad a Robin y se sentían orgullosos
de estar a las órdenes del hombre más íntegro y justo del reino: Robin Hood ‑así
apodado por la característica capucha que siempre lucía en su cabeza‑. El hijo
de Edward Fitzwalter
CAPÍTULO SIETE
LA ORGANIZACIÓN EN
SHERWOOD
Poco
a poco, el asentamiento en el bosque de Sherwood fue adecuándose a las
necesidades de los que allí se encontraban. Primero construyeron chozas que les
servían de cobijo y, cuando los días se hicieron más fríos, bien entrado el
otoño, se vieron obligados a dotarlas de chimeneas para proporcionarse calor
Aun así, las ropas de Robin y sus hombres fueron
convirtiéndose en auténticos harapos, y carecían de mantas con las que
abrigarse durante la noche.
Robin decidió que había que solucionar este grave
problema. Para ello era necesario ir a la ciudad y conseguir lo que
necesitaban. Ninguno de los hombres de Robin estaba dispuesto a correr ese
riesgo. Preferían seguir soportando el frío y las calamidades que padecían.
‑Yo iré a Nottingham ‑dijo Robin‑. Me disfrazaré
de mendigo y traeré lo que necesitamos.
A pesar de que todos intentaron disuadirle, Robin
estaba decidido y se puso en camino.
Llegó a Nottingham muy cansado. Sólo contaba con
un puñado de monedas de escaso valor que había ido consiguiendo como limosna
por el camino.
Entró en la tienda de un mercader y allí eligió
ropa y calzado para todos. No sabía cómo arreglárselas para pagan Siguió mirando
y mirando para darse tiempo hasta que se le ocurriera algo. De pronto descubrió
una alfombra que le resultó familiar. Era una gran alfombra del castillo de su
padre.
Un montón de recuerdos de su infancia se agolparon
en su mente: su madre, su padre. . . Él y Mariana jugando sobre aqueIla
preciosa alfombra... No pudo evitar que se le hiciera un nudo en la garganta y
que sus ojos se llenaran de lágrimas.
‑A ver, joven, son cuarenta libras ‑dijo el
mercader con brusquedad.
Esas palabras sacaron a Robin de su
ensimismamiento.
‑Le doy estas monedas. Son todo cuanto tengo.
Dentro de unos días le pagaré el resto.
‑De ninguna manera. Yo sólo vendo al contado. No
me fío de nadie.
‑De alguien habrá tenido que fiarse, señor, cuando
tiene una alfombra que perteneció a una familia a la que yo conocí hace tiempo.
Sus bienes están confiscados y, portanto, esa alfombra ha tenido que ser robada‑dijo
Robin pícaramente.
AI mercader no le gustó nada lo que acababa de
oír. Pensó que aquel muchacho podía ser un enviado del príncipe Juan. Si lo
denunciaban, lo ahorcanán. Era mucho lo que tenía que ocultar
‑Si esto queda entre nosotros ‑propuso el mercader
a Robin‑, te dejo que te lleves lo que has elegido y te regalo esa alfombra
Robin no abrió la boca, y el mercader se vio
obligado a seguir ofreciendo cosas intentando satisfacerle:
‑Te daré también dos toneles de vino... y... dos sacos
de harina.
‑¿Cómo podré transportar todas esas cosas? ‑preguntó
por fin Robin.
‑Te llevarás ese caballo que está ahí. Pero no me
denuncies, por Dios.
‑Ándate con cuidado, mercader. La próxima vez
puedes correr peor suerte.
Y Robin se fue con un caballo nuevo y con toda la
mercancía.
En Sherwood, la alegría desbordó a todos cuando lo
vieron aparecer sano y salvo y con aquel cargamento.
Robin colocó la preciosa y lujosa alfombra en su
pobre choza. Ahora tendría un recuerdo de su feliz infancia.
Los días transcurrían plácidamente en Sherwood.
Cazaban venados y recolectaban frutos pares alimentarse, recogían leña para
procurarse calor y, de vez en cuando, recibían la visita de alguna persona del
lugar que les traía algo de comida a veces como muestra de simpatía, o
pidiendo su ayuda para que intervinieran ante los frecuentes abusos de poder
que cometían algunos caballeros.
Cada vez se hicieron más frecuentes las acciones
de Robin y sus hombres fuera del refugio del bosque de Sherwood. Se trataba
siempre de actos en defensa de vasallos perseguidos por los barones normandos o
incluso en ayuda de caballeros sajones, despojados constantemente de tierras y
bienes por los ambiciosos secuaces del príncipe Juan.
Dado que Robin y sus hombres se veían obligados a
intervenir en numerosas ocasiones, debían organizarse. Aun fuera de la ley,
era necesario que todos tuvieran claro cómo actuar en cada caso y qué
propósitos perseguían.
Para ello, Robin creyó conveniente poner unas
normas que todos cumplieran por igual.
Movido por este deseo, un día Robin reunió a sus
hombres y les comunicó sus planes:
‑Compañeros, cada día son más las personas que
acuden a nosotros en busca de auxilio. Como sabéis, estamos declarados
proscritos. Efectivamente, no acatamos las normas del príncipe Juan, ni nunca
lo haremos. En cambio, sí acatamos las leyes divinas y las tendremos siempre
presentes. Serán nuestra verdadera guía. Nuestro fin ha de ser hacer el bien:
socorrer a pobres y necesitados, luchar contra cualquier injusticia, respetar
a mujeres, niños y ancianos, y atacar sólo en defensa propia.
Tras los calurosos aplausos con los que mostraron
su total adhesión a las palabras de Robin, todos los hombres juraron cumplir
aquellos principios.
Paulatinamente, el número de miembros de la banda
de Robin había ido aumentando de manera considerable. Unas veces se unía a
ellos algún joven que había presenciado una gloriosa acción; en otras ocasiones
eran personas que penetraban en el bosque y pedían ser admitidas y, en todos
los casos, eran gentes orgullosas de poder pertenecer al valeroso ejército de
Robin Hood.
Entre los numerosos compañeros de Robin, había dos
con los que se sentía especialmente identificado: John Mansfield y Much.
John Mansfield, al que todos llamaban Johnny, era
un gran hombretón, alto y robusto. Estaba dotado de una fuerza sobrehumana y el
mismo Robin había tenido oportunidad de comprobarlo en sus propias carnes.
Fue el día en que se conocieron.
Robin, seguido de sus hombres en fila india, atravesaba un angosto puente sobre
un río. Por el otro extremo avanzaba un desconocido. Como era imposible pasar a
la vez en less dos direcciones, Robin le gritó que retrocediera. El bravo
desconocido se negó a ser él quien lo hiciera, y se enzarzaron en una pelea.
Robin fue derribado por aquella fuerza de la naturaleza. Aquel hombre era John
Mansfield. Huía de los normandos, que le habían despojado de sus tierras, a iba
en busca de Robin Hood para unirse a su banda. Su sorpresa fue mayúscula al
descubrir que tenía a Robin ante él: el mismo al que había hecho besar el
suelo.
Much, el otro hombre de confianza de Robin, era de
baja estatura y escasa corpulencia. Lo contrario de lo que significa su nombre
en inglés: "mucho".
Robin conoció a Much ante las ruinas de un molino.
El hombre estaba con la cabeza agachada y la mirada perdida Robin se presentó.
AI oír su nombre, el desconocido reaccionó y, entre lágrimas, le contó que
soldados de Ralph de Bellamy llegaron en busca de trigo. Les dio cuanto tenía.
Pero les pareció poco y le acusaron de estar guardando alguna cantidad para los
proscritos. Quemaron el molino con su mujer y sus dos hijos dentro.
Much se sumó a la banda, donde encontró una nueva
families
CAPÍTULO OCHO
DIVERTIDAS AVENTURAS
DE ROBIN ROOD
A pesar de los tristes acontecimientos que
desencadenaron la existencia del grupo refugiado en Sherwood, la vida allí
había ido normalizándose. Muchas familias habían logrado reunirse. Incluso
muchos niños habían venido al mundo en aquel bosque. Además, todos se sentían miembros de una gran familia y todos se
ocupaban de todos.
Recientemente se había incorporado a la banda el
padre Tuck. Era un fraile que había vivido siempre solo, retirado en el campo.
Muchas personas, tanto nobles como plebeyas, acudían a él con frecuencia a
pedirle consejo. Su influencia en las gentes y su apoyo personal a los
principios que defendían los proscritos de Sherwood, hicieron que las
autoridades del príncipe Juan dictaran orden de captura contra él. Esto obligó
al buen fraile a refugiarse también en Sherwood. Allí, sus aportaciones fueron
muy importantes. No sólo celebraba misa todos los domingos, sino que unió a
varias parejas en matrimonio, bautizó a muchos niños, se ocupaba de la
educación de pequeños y mayores y, como tenía conocimientos de medicina,
cuidaba de la salud de todos.
Aunque la vida cotidiana en Sherwood no era fácil,
también había momentos para la diversión. Uno de ellos, quizá el más célebre,
fue el día en el que Robin y algunos de sus hombres acudieron a un torneo de
tiro con arco que se celebraba en una ciudad próxima.
Robin y los suyos se habían convertido en
verdaderos expertos en el manejo del arco: única arma disponible en su refugio
del bosque.
Todos los premios del torneo los acaparó el grupo
de Sherwood. Finalmente, la última prueba, recompensada con una bolsa de
monedas de oro, la superó sin dificultad Robin Hood para asombro de todos los
presentes.
Cuando el alcalde de la ciudad entregó el premio
al vencedor, le preguntó su nombre. Robin, vestido como un caballero y sin su
típica capucha, contestó:
‑Mi nombre es Robin Hood.
La carcajada fue general. Cuando las risas
cesaron, el alcalde volvió a preguntar al ganador por su nombre.
‑Señor, ya os lo he dicho. Mi nombre es Robin
Hood.
El alcalde comprendió entonces que el desconocido
no estaba bromeando. Llamó a gritos a sus soldados para que lo apresaran. Pero
era demasiado tarde. Robin y los suyos habían huido a todo galope en sus
caballos.
Otra de las más famosas y animadas aventuras de
Robin, que demuestra su afán de diversión y su buen humor, comenzó un día
cuando encontró en un camino a un anciano alfarero que iba a la ciudad de
Nottingham a vender su mercancía
El anciano se mareó y cayó al suelo. Robin se
acercó a reanimarlo. Le dijo quién era y le ofreció quedarse en el bosque de
Sherwood. Mientras, él mismo iría al mercado y le traería el dinero de la
mercancía que vendiese.
‑Gracias, Robin. Puedo confirmar que lo que he
oído sobre vos es cierto. Necesito el dinero para la boda de mi hija, pero está
claro que no puedo continuar hasta Nottingham. Acepto vuestro favor y
descansaré en Sherwood. Os advierto que hay una vajilla de oro muy valiosa
entre los objetos de la carreta.
Robin llegó a la ciudad y pronto consiguió vender
todo, ya que tanto la mercancía como los precios resultaron muy atractivos
para las gentes. Sólo se reservó la vajilla de oro porque le rondaba una idea
en la cabeza.
El interés de los objetos ofrecidos por el
mercader llegó a oídos del corregidor Robert de Reinault, quien lo llamó a su
palacio. Eso era, precisamente, lo que Robin tenía previsto.
Cuando el mercader traspasó las puertas de la
mansión del corregidor ya nada quedaba de su mercancía, salvo la valiosa
vajilla. Así se lo comunicó al señor, a quien por respeto al cargo que
ostentaba se la ofreció como regalo.
Robert de Reinault, con ojos codiciosos, aceptó el
obsequio e invitó al generoso mercader a cenar en su palacio aquella noche.
Hugo de Reinault, huésped de su hermano por
aquellos días, también estaría presente en el banquete.
Robin obtuvo interesante información, que era lo
que pretendía, en el palacio de Robert de Reinault. Supo que el precio por su
captura o muerte era ya elevadísimo. Supo también que se preparaba una
incursión a Sherwood, dirigida por Guy de Gisbome.
Tras la cena y el insistente agradecimiento, el
humilde mercader se despidió de los hermanos Reinault y abandonó la ciudad.
Por la mañana, los sirvientes del corregidor encontraron un pergamino con el
siguiente mensaje:
"Robin Hood da sus más sinceras
gracias al corregidor
y a su ilustre hermano.
Y queda a la espera de poderles
corresponder de la
misma forma en el
bosque de Sherwood!”
La cólera de los hermanos Reinault fue mayúscula.
Los dos juraron odio eterno a Robin Hood y no descansar hasta verle muerto.
Robin llegó a Sherwood muy satisfecho por haber
quedado al corriente de lo que se tramaba contra ellos y, así, tener tiempo
para prepararse.
El pobre alfarero había muerto. Había dejado el
nombre y la dirección de su hija, a la que poco después le fue entregado el dinero
obtenido por la mercancía.
Unos días más tarde, los vigías de Sherwood vieron
avanzar a los soldados de Guy de Gisbome. Corrieron a avisar a Robin Hood y
éste dio las órdenes convenientes: se trataba de que todos permanecieran
escondidos pacientemente en la espesura. No debían hacer ningún ruido
Los soldados se internaron en el bosque, pero ni
rastro de Robin Hood y los suyos. El más absoluto silencio los acompañaba en la
búsqueda. Llegó la noche y se detuvieron en un claro. Allí hicieron una gran
hoguera y establecieron los turnos de vigilancia.
AI amor del fuego, los hombres empezaron a charlar
de forma animada. Cuando callaban, oían sobrecogidos los ruidos del bosque.
Aquello les hacía seguir despiertos a pesar del cansancio que sentían tras la
dura jornada.
La conversación iba decayendo y muchos empezaban a
quedarse adormecidos, rendidos por el sueño. Era ya bien entrada la madrugada.
De pronto empezaron a oírse extraños ruidos, y los
intranquilos hombres de Gisborne se despertaron sobresaltados. AI poco vieron
entre los árboles unas sombras blancas semejantes a duendes o fantasmas.
Espantosas carcajadas, que parecían salir de ultratumba, acompañaban estas
terron'ficas visiones.
Los hombres, bien juntos, con los pelos de punta y
temblando de pavor, tuvieron que sufrir aún que un grupo de estos fantasmas se
abalanzaran sobre ellos y empezaran a molerles a palos.
Los confundidos soldados huyeron despavoridos en
medio de la oscuridad de la noche y deambularon por el bosque hasta que, al
amanecer, lograron alcanzar la salida.
Sobra explicar que los fantasmas venidos del otro
mundo eran Robin y sus hombres. Todo había sido una genial idea del héroe de
Sherwood.
El suceso corrió como la pólvora por toda la
comarca. Y la expedición de Gisborne fue motivo de burla para las gentes del
lugar.
CAPÍTULO NUEVE
LLEGAN NOTICIAS SOBRE
EL REY
Había pasado
mucho tiempo desde que Ricardo Corazón de León partiera a las Cruzadas.
Inglaterra había cambiado mucho bajo la regencia del príncipe Juan y no se
tenían noticias del rey
Cuando todos pensaban que habría muerto en la lucha
contra los infieles, se supo que el legítimo rey de Inglaterra estaba vivo,
aunque prisionero del rey Enrique de Alemania.
Ricardo Corazón de León fue detenido por soldados
de Leopoldo de Austria y posteriormente entregado al rey alemán. En el momento
de su detención iba acompañado de su buen amigo el príncipe David de
Huntington, futuro rey de Escocia, conocido como sir Kenneth.
Sir Kenneth intentó defender a su rey y cayó
gravemente herido. Los soldados austríacos prendieron a Ricardo y abandonaron
a su amigo, dándolo por muerto.
Sin embargo, sir Kenneth se salvó gracias a un
campesino que lo encontró y lo llevó a su choza, donde se restableció por
completo.
Consciente de la gravedad del asunto, sir Kenneth,
nada más recuperarse, centró todos sus esfuerzos en conseguir la liberación
del rey Ricardo. Por ello, se dirigió a Roma para interceder ante el Sumo
Pontífice.
Allí se enteró de que Ricardo no estaba en
Austria, sino en Alemania, y que el rey Enrique había pedido un fuerte rescate
por su liberación.
En efecto, a la corte inglesa había llegado un
mensaje del rey alemán en el que se daba cuenta del cautiverio de Ricardo Corazón
de León y de la suma exigida para su puesta en libertad.
Juan sin Tierra, ante la reina madre y la esposa
de su hermano, declaró que pondría todo su empeño en recaudar fondos, por
medio de más impuestos, para salvar a Ricardo, ya que las arcas del reino no
disponían de esa exorbitante cantidad.
‑Yo venderé mis joyas, Juan ‑dijo la reina madre‑,
para restituir en su trono al legítimo rey de Inglaterra. En cuanto a la recaudación
de impuestos, sólo te pido que no se haga recaer todo el esfuerzo sobre los
humildes. Son los señores, normandos y sajones, los que más deben y pueden
aportar
Toda Inglaterra condenó sin reservas la acción del
rey alemán. En general, la gente del pueblo fue la que se sintió más afectada.
Veía alejarse la posibilidad de que cambiara su situación con la vuelta del
buen rey.
Comenzó por todo el país la recaudación de
impuestos en favor de Ricardo Corazón de León. Era la gente humilde la que
pagaba con mayor satisfacción. Sentía que colaboraba con una causa justa. Tenía
la certeza de que su suerte cambiaría si se conseguía la liberación del rey.
Se logró recoger una suma respetable entre los
impuestos y la venta de las joyas de la reina. Aun así, no se alcanzaba la cantidad
exigida por el rey Enrique.
Juan sin Tierra, reunido con sus incondicionales,
no tenía dudas sobre los pasos que se habían de dar.
‑Se seguirán recaudando impuestos en favor de mi
hermano, pero ese dinero jamás llegará al rey alemán. Ricardo no conseguirá
nunca su libertad.
Pasó el tiempo y la gente empezó a cansarse de
pagar tributos bajo el pretexto de liberar al rey. Había un hecho claro: el
rey seguía cautivo. El príncipe Juan no daba explicaciones a nadie y existían
serias dudas sobre sus verdaderas intenciones.
La reina madre comenzó a dudar de la labor que
estaba realizando el príncipe para liberar al rey. Algunos rumores que habían
llegado a sus oídos y su propia intuición le decían que Juan sin Tierra
prestaría un flaco servicio al desdichado Ricardo.
Así pues, mandó a lady Edith que viajara a Escocia
y esperara allí a su prometido David de Huntington, del que desconocían su
paradero.
‑Quizá desde Escocia tengáis que prestarnos ayuda
si Juan Ilega a usurpar la corona a su hermano ‑dijo la reina madre‑.
Berengaria permanecerá conmigo a la espera de acontecimientos.
Mientras tanto, David de Huntington, sir Kenneth,
consiguió que el Papa mediara ante el rey Enrique para que Ricardo Corazón de
León fuese liberado.
El rey alemán recibió una dura reprimenda del
Pontífice y no pudo negarse a obedecer El rey de Inglaterra quedó libre a pesar
de que su propio hermano había intentado evitarlo.
A los pocos días, Ricardo y sir Kenneth se reunían
emocionados en Roma.
Tras un efusivo abrazo, el rey pidió a su amigo
que le contara todo lo que supiera de Inglaterra,
‑Majestad, envié a un mensajero y tengo noticias
recientes. La reina madre y vuestra esposa se encuentran bien. Vuestra prima
Edith me espera en Escocia. . .
‑Espléndido. Todo son buenas noticias ‑interrumpió
Ricardo.
‑Siento, señor, tener que daros otras no tan
buenas. Nada, nada buenas ‑dijo sir Kenneth con tristeza‑. Habréis de saber que
vuestro hermano se ha repartido con sus hombres de confianza el dinero
recaudado para vuestro rescate.
‑Entonces, ¿he sido liberado sin haber satisfecho
las condiciones que exigía el rey Enrique?
‑En efecto, así es. Gracias a la intervención
papal.
‑Continuad, sir Kenneth, os lo ruego. Me interesa
saber todo lo que ocurre en mi añorada Inglaterra.
‑Majestad, en todo este tiempo que lleváis fuera,
los abusos del príncipe y sus barones han hecho que proliferen de nuevo las
revueltas. Incluso existe una banda de proscritos que ataca constantemente a
los intereses de vuestro hermano. Se oculta en el bosque de Sherwood y el jefe
es conocido como Robin Hood.
‑¿Robin Hood? ¿No será Robin Fitzwalter? ‑preguntó
el rey extrañado.
‑Creo que es él, señor.
‑¡El hijo del conde de Sherwood! ¡El amigo de
Richard At Lea! ¡Dos caballeros de gran lealtad hacia mi persona! ¿Qué puede
haber ocurrido para que Robin esté actuando fuera de la ley?
‑La ley, señor, ha dejado de existir en
Inglaterra. Lo único que importa es el interés personal del príncipe y sus
hombres de confianza.
‑Sir Kenneth, nadie debe saber que he sido
liberado. Regresaré a Inglaterra de incógnito para conocer por mí mismo lo que
está ocurriendo.
‑Me parece una sabia decisión, majestad. Os
acompañaré.
‑Gracias, amigo. Pero vos iréis a Escocia y seréis
coronado rey. Tal vez necesite de vuestra ayuda.
‑Podéis contar conmigo para lo que preciséis en
todo momento, señor.
Los dos amigos se despidieron fundiéndose en un
fuerte abrazo. Muy pronto, cada uno de ellos estaría en su respectivo país.
CAPÍTULO DIEZ
MARIANA
Había
pasado mucho tiempo desde que Mariana At Lea fuera trasladada al castillo de
Hugo de Reinault. Ella no había sabido nada de la visita de Robin. Sólo sabía
que su padre había ido a Tierra Santa y que, en la actualidad, el señor de Reinault
era su tutor.
Aunque no gozaba de sus simpatías, Mariana pensaba
que si su padre había confiado en él, tendría razones para ello. Por eso se
limitó a esperar. Pasaba sus días leyendo y realizando alguna labor, recluida
en sus aposentos, sin contacto con nadie.
Una tarde, el señor Hugo de Reinault subió a verla
y le dio la triste noticia de que el barco de su padre había naufragado. Nada
se sabía de él.
Mariana enjugó sus lágrimas y recibió el pésame
del señor de Reinault.
‑Gracias, señor. Sé que apreciabais a mi padre. Él
también os quería y confiaba mucho en vos.
Hugo de Reinault creyó conveniente aprovechar la
oportunidad para hablar con Mariana de su futuro. La joven estaba a punto de
ser mayor de edad y, cuando esto sucediera, él perdená la ocasión de poder
influir en sus decisiones y seguir administrando sus bienes.
‑Querida Mariana, ya sé cómo os sentís. Pero
tenéis que reponeros. La vida sigue. Debéis ir pensando en casaros. . .
‑¿Casarme? No pienso hacerlo de momento. Además,
en los documentos que me habéis mostrado, mi padre pedía que yo ingresara en un
convento hasta que él volviera.
‑Vuestro padre no volverá, Mariana... Bueno, es
improbable que vuelva. Yo soy vuestro tutor y, entre mis obligaciones,
entiendo que está el preocuparme por vuestro futuro.
‑Gracias, señor de Reinault. Pero, por ahora, el
matrimonio no entra en mis planes ‑dijo Mariana con gran seguridad.
"Ya haré yo que cambies esos planes, joven
estúpida" ‑se fue pensando el ambicioso caballero.
Hugo de Reinault tenía ya todo decidido en
relación con Mariana. La casaría con el señor Ralph de Bellamy, barón adepto a
Juan sin Tierra.
Pocos días después de producirse la conversación
con la joven At Lea, Hugo visitaba al barón de Bellamy en su castillo y le
comunicaba sus proyectos.
Ralph de Bellamy, tan codicioso como su amigo,
consideró que era una magnífica oportunidad para negociar las condiciones de
este interesante ofrecimiento. No estaba dispuesto a aceptar una esposa sin
obtener unos buenos beneficios. Además, las propiedades y bienes de los At Lea
no eran nada despreciables.
Tras un largo regateo, como si de una mera
transacción comercial se tratara, los dos caballeros llegaron, por fin, a un
acuerdo. Ralph de Bellamy recibiría dos tercios del patrimonio de la joven. El
otro tercio quedaría en manos de Hugo.
Por su parte, Ralph de Bellamy quedaba
comprometido a colaborar, con un gran número de hombres armados, en la nueva
expedición al bosque de Sherwood que estaban preparando los hermanos Reinault y
Guy de Gisborne.
A pesar del gran sigilo con que fueron llevadas
estas negociaciones, Robin, que tenía amigos dispuestos a informarle por todas
partes, consiguió enterarse de lo que se tramaba. Sólo tenía que esperar a
entrar en acción para salvar a Mariana y dar su merecido a esos caballeros sin
escrúpulos que actuaban como auténticos bribones.
Hugo de Reinault decidió que fuera Guy de Gisborne
el encargado de trasladar a Mariana hasta el castillo de Ralph de Bellamy,
donde se celebraría el matrimonio. Irían protegidos por una fuerte escolta.
Todo había de hacerse con rapidez, ya que faltaban apenas dos meses para que la
joven llegara a su mayoría de edad. Nada podia fallar.
Llegó el día señalado, y Guy de Gisborne y Hugo de
Reinault entraron en las dependencias reservadas a la joven.
‑Marian y, hoy iréis a conocer a vuestro
pretendiente: el barón Ralph de Bellamy
‑iCómo? ¿El señor de Bellamy? ‑preguntó incrédula‑.Nunca
será mi esposo. No me interesa conocerlo. Su fama en toda la comarca es
suficiente pares mí. No quiero casarme, ¡y menos con ese cruel caballero!
Ingresaré en un convento. Ése es mi deseo.
‑Os casaréis con Ralph de Bellamy, queráis o no
queráis ‑gritó con violencia el señor de Reinault.
‑Vamos, Mariana‑ intervino Guy de Gisborne‑. Yo os
conduciré al castillo de vuestro prometido. Conmigo estaréis a salvo.
‑La bodas se celebrará dentro de tres días ‑anunció
Hugo de Reinault‑. Yo saldré mañana. Seré vuestro padrino, como me corresponde.
Mariana no pudo oponerse más. Se vio obligada a
obedecer. En ese momento entendió quién era en realidad el señor de Reinault Su
amistad con Guy de Gisbome despejaba cualquier duda Éste siempre había sido un
claro partidario del príncipe Juan. Seguramente, su padre desconocía este
importante detalle. Ahora estaba segura de que ese caballero estaba implicado
también en su muerte.
Mariana era conducida sin remedio a casarse con un
miembro de este grupo. Para ella era terrible por lo que significaba de
traición a su padre y al legítimo rty de Inglaterra, Ricardo Corazón de León.
Comenzaba ya a atardecer cuando la comitiva de Guy
de Gisbome se vio interceptada por un grupo de hombres. El caballero dio orden
de retroceder hasta la aldea que acababan de dejar atrás. Unos metros más allá,
otro grupo, encabezado por Robin Hood, le aguardaba Lleno de furia se dirigió,
lanza en ristre y a todo galope, contra él. Robin esquivó la embestida y Guy de
Gisbome rodó por el suelo. Se incorporó con rapidez y, empuñando su espada, se
acercó con paso decidido hasta el héroe de Sherwood. Robin le esperaba
pacientemente blandiendo su poderosa arma.
El duelo fue un verdadero espectáculo para todos
los presentes. Ambos eran hábiles y valientes luchadores y utilizaron todos
sus recursos.
Guy de Gisborne combatía en mejores condiciones,
ya que su armadura lo hacía prácticamente invulnerable. Pero, precisamente, de
esto logró sacar partido Robin. Él estaba más desprotegido, pero tenía mayor
libertad de movimientos. Con su gran destreza consiguió acertar con su espada
en los escasos flancos sin guarecer que presentaba su enemigo.
Robin hirió gravemente a Guy de Gisborne. ÉI, en
cambio, sólo sufrió pequeños rasguños.
Cuando los hombres de Gisborne vieron a su jefe
tendido en el suelo y con heridas tan considerables, lo recogieron y
emprendieron la huida, sin ocuparse de Mariana At Lea, principal objetivo de
su misión.
Mariana, después de tanto tiempo, no había
reconocido a Robin durante el combate. Grande fue su sorpresa al reconocer al
amigo de su infancia en aquel paraje.
Los dos se abrazaron con cariño y se encaminaron a
Sherwood. Allí tuvieron una larguísima conversación. Los jóvenes se contaron
todo lo que sabían sobre los sucesos ocurridos en el país durante los últimos
años y se confesaron sus sospechas y certezas.
Mariana se quedó a vivir en el bosque de Sherwood.
Empezó a ayudar al padre Tuck. En poco tiempo se ganó el corazón de los niños
y de todos los allí refugiados.
CAPÍTULO ONCE
UNA DOBLE LIBERACION
Robin y
Mariana aprovechaban los ratos libres para pasear por el bosque, a pie o a
caballo, y disfrutar de las maraviIlas de la naturaleza. Mariana también
practicaba con el arco y logró convertirse en una experta tiradora. Pero una
noticia vino a cambiar la tranquilidad de Sherwood.
Una persona de la ciudad de Nottingham vino a
informar a Robin de que se preparaba un nuevo ataque contra él. La expedición
estaba organizada por los hermanos Reinault y en ella participarían Ralph de
Bellamy, el frustrado pretendiente de Mariana, y Guy de Gisborne, ya
restablecido de sus heridas.
Robin hizo sonar inmediatamente el cuerno de caza
con el que convocaba a sus hombres bajo el roble centenario. Era necesario que
conocieran detalles sobre esta ofensiva. Sabía que esta vez sus enemigos prepararían
a conciencia la incursión en Sherwood. Ellos tendrían que organizarse y
repeler la agresión. Estaba claro que los atacantes no habrían olvidado las
numerosas humiIlaciones y querrían vengarse de una vez por todas. Robin y los
suyos sabían que la situación era delicada.
Robin decidió que uno de los suyos debería
infiltrarse en el castillo de Hugo de Reinault para obtener información de
primera mano. El elegido para esta misión fue Much, hombre de absoluta
confianza de Robin y que, por su aspecto, bien podná hacerse pasar por
sirviente en la casa del noble.
Much llegó a la ciudad y se presentó en el
castillo del señor de Reinault bajo el pretexto de ser sobrino de uno de los
cocineros, que a la sazón se encontraba realizando compras en una feria cercana.
Todo salió a la perfección y Much consiguió llegar hasta las cocinas del
caballero sin obstáculo alguno.
El impostor se movió sin problemas por el
castillo. Entabló conversación con todos los sirvientes y logró sonsacarles
valiosos datos. Además, tuvo la gran suerte de ser el encargado de retirar la
vajilla de la cena de gala que ofrecía Hugo de Reinault aquella noche a sus
distinguidos invitados.
Aunque Much sólo podía oír retazos de
conversación, los datos que obtenía eran una preciosa información para él y los
suyos.
‑Yo aportaré cien hombres ‑dijo el señor de
Bellamy.
‑Yo, unos noventa ‑añadió Robert de Reinault.
Much entraba y salía. Tenía que actuar con cautela
para no dar lugar a ninguna sospecha que pudiera dar al traste con sus planes.
Estaba retirando las copas, cuando oyó el plan que exponía el señor Hugo de
Reinault a sus amigos.
‑Dividiremos el bosque en distintas zonas. Cada
grupo de hombres realizará la batida en la parte que le corresponde. Todos nos
encontraremos posteriormente en lo más intrincado del bosque, donde se supone
que Robin Hood tiene su campamento. Así, quedará completamente rodeado.
Mientras Guy de Gisborne oía con atención a Hugo
de Reinault, reparó en la presencia de Much, que en ese momento seguía
retirando las copas de vino de la mesa.
"¿A quién me recuerda este criado?" ‑pensó
el caballero‑. "¡Ya lo tengo! ¡Es él! Es uno de los hombres de Robin. Lo
recuerdo con claridad. Estaba allí el día de nuestro duelo. Lo recuerdo por su
pequeña estatura. Es inconfundiblé”.
Guy de Gisborne tomó uná rápida decisión.
Aprovechó la salida de Much para llamar a los dos centinelas apostados en la
puerta de la sala, a los que murmuró unas palabras al oído. Much volvió con
unas grandes fuentes de fruta y las dispuso sobre la mesa. Después abandonó la
sala dispuesto a huir del castillo. No quería tentar más a la suerte.
Cuando se disponía a atravesar las puertas del
castillo, Much fue apresado y conducido ante la presencia de los caballeros.
‑¡Un espía de Robin ante nuestros propios ojos! ¡No
volverás a ver la luz, enano! ‑dijo con verdadero odio Guy de Gisborne.
Much, ensangrentado por la cruel paliza que
recibió de unos y de otros, fue arrastrado a las lóbregas mazmorras del
castillo. Allí, el carcelero lo arrojó de un empujón a una de las celdas.
Pasaron varias horas hasta que el desdichado Much
recobró el sentido. Cuando sus ojos se acostumbraron a aquella oscuridad, pudo
distinguir una silueta en un rincón. No podía saber de quién se trataba, pero
al menos no estaba solo.
‑¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué os han recluido? ‑preguntó Much.
‑Soy
Richard At Lea. Un
día confié en el que creí que era un amigo. Le pedí ayuda y fui traicionado.
Desde ese día me pudro en sus cárceles. No recuerdo ya ni la fecha en que eso
ocurrió.
Much no podía creer lo que estaba oyendo. Muy
nervioso, tartamudeando, explicó al anciano que era amigo de Robin. Tuvo que
ponerle también al corriente de que el heredero del conde de Sherwood había
tenido que refugiarse en el bosque huyendo de los secuaces del príncipe Juan.
También le tranquilizó sobre la suerte de su querida hija, que se hallaba a
salvo, junto a Robin.
El pobre Richard At Lea no pudo contener las
lágrimas al oír aquellos nombres y aquellas penosas circunstancias. Pero por
tristes que fueran aquellas noticias, las prefería al terrible aislamiento al
que éstaba sometido.
‑Nunca saldremos de aquí ‑dijo Richard al que
consideraba ya un auténtico confidente y amigo.
‑No debemos perder la esperanza, señor ‑contestó
Much intentando mostrarse animado.
Mientras tanto, Robin ya había sido informado de
que el leal Much había caído prisionero en el castillo de Hugo de Reinault.
Preocupado, convocó con urgencia a todos sus hombres.
Robin expuso los hechos, así como su decisión de
asaltar el castillo del señor de Reinault. Era la única forma de liberar a Much
y, a la vez, intentar frenar el ataque que se preparaba contra ellos.
‑Robin, nunca he dicho a nadie que conozco muy
bien ese castillo ‑dijo uno de sus hombres‑. Trabajé en él como albañil y
cerrajero durante su construcción. Su anterior propietario mandó realizar un
pasadizo secreto desde los sótanos hasta una casa situada a unas leguas. Esa
casa es hoy un molino. Sus dueños ignoran todo esto. Debemos hallar una
fórmula para alejar de allí al molinero y su familia. Yo os conduciré hasta las
celdas.
Se preparó minuciosamente la arriesgada operación.
Tres de ellos, haciéndose pasar por mercaderes, Ilegaron al molino y pidieron
que les dejaran descansar antes de proseguir su largo viaje. Fue tal la
hospitalidad brindada por aquellas gentes, que los falsos mercaderes les
invitaron a distraerse un poco en una taberna próxima.
Robin, el cerrajero y cuatro hombres más se
internaron en el pasadizo. Cubrieron la larga distancia que separaba el molino
del castillo, hasta llegar ante una puerta que el hábil cerrajero forzó con una
ganzúa. La herrumbrosa cerradura saltó y se encontraron junto a la antesala de
las mazmorras. Allí dormía el carcelero ajeno a todo. Rápidamente lo ataron y
amordazaron. Le arrebataron el manojo de llaves de las celdas y, con gran
sigilo, las fueron recorriendo hasta localizar al desdichado Much.
El prisionero estaba tan débil que no podía andar
por sí mismo. Robin lo sujetó con sus brazos y Much, antes de perder el
sentido, pudo decir a su jefe con un hilo de voz:
‑Ocúpate de mi compañero de celda. Te
sorprenderás.
El anciano al que liberaron tampoco podía dar un
paso por sí solo. Cargaron con él y recorrieron de vuelta el largo pasadizo.
Much recuperó la consciencia y explicó a su jefe
quién era el anciano caballero.
Llegaron
a Sherwood. Robin
se adelantó para anunciar a su amiga la feliz noticia. Mariana, sin poder
contener el llanto, se acerró a su padre. Los dos, entre lágrimas, se fundieron
en un gran abrazo. Fue la escena más conmovedora que se había vivido en
Sherwood.
CAPÍTULO DOCE
EL RAPTO DE MARIANA
Pasaron
varios meses hasta que Richard At Lea se restableció del desgaste sufrido en
el cautiverio. Su hija y el padre Tuck desempeñaron un papel fundamental en su
recuperación. Los años de encierro, en el reducido espacio de la celda, habían
provocado en el caballero un debilitamiento tal de sus músculos, que le impedía
andar. Poco a poco, gracias al tesón de Mariana y del fraile, Richard At Lea
consiguió volver a caminar
Durante su recuperación, el noble caballero fue
informado de todos los pormenores que habían arrastrado al hijo de su
inolvidable amigo Edward Fitzwalter, así como al resto de las personas que lo
respaldaban, a la situación de proscritos en la que se hallaban desde hacía
tiempo.
A pesar de sus más profundas convicciones, Richard
At Lea comprendió al joven Robin. Tal vez, él habría hecho lo mismo ante
aquellos acontecimientos. Y más, como era el caso, si la fuerza de la juventud
le hubiera hecho hervir la sangre ante las flagrantes injusticias.
Los días transcurrían tranquilos en Sherwood. Pero
los enemigos de Robin Hood no descansaban. Habían abandonado el plan de la
incursión en el bosque tras ser liberado Much. Esa acción, si fallaba el factor
sorpresa, estaba condenada al fracaso.
‑Señores, debemos emplear la astucia para capturar
a Robin Hood. No debemos entrar en Sherwood, sino intentar que ese bandolero
salga de allí ‑dijo Hugo de Reinault.
‑Ha salido muchas veces y no hemos conseguido nada
‑dijo Ralph de Bellamy‑. Debemos llevar a cabo nuestro proyecto.
‑Escuchadme, caballeros. Tengo una idea que puede
dar frutos. Como sabéis, Mariana vive ahora en ese bosque. Si logramos
apoderamos de ella, él saldrá a buscarla y caerá en nuestras manos. Son amigos
desde niños y tal vez lleguen a casarse pronto.
‑Debemos evitarlo a toda costa ‑dijo De Bellamy
indignado.
Así es, amigo ‑continuó Hugo de Reinault . Tengo a
dos hombres que simularán unirse a la banda de Robin. Después de un tiempo,
aprovecharán cualquier descuido para raptar a la joven y traerla hasta aquí.
Robin atacará el castillo para intentar liberarla y nosotros podremos vencerlo.
Todas nuestras fuerzas estarán concentradas aquí. ¡No fallaremos! Seremos más
que ellos.
Todos los caballeros se convencieron del plan urdido
por Hugo.
A los pocos días, los vigilantes de Robin
encontraron, en uno de los caminos lindantes al bosque, a dos hombres tendidos
en el suelo. Los recogieron y los llevaron ante el padre Tuck para que los
reanimara Cuando se recobraron, los desconocidos contaron que habían sido
torturados por hablar bien de Robin Hood.
‑Aceptadnos en vuestra banda, señor ‑suplicaron
los dos hombres‑. El señor Robert de Reinault nos matará si volvemos.
Los desconocidos fueron aceptados. Se les advirtió
que durante un mes estarían sometidos a vigilancia y, si su comportamiento era
satisfactorio, acabarían siendo miembros de pleno derecho.
La conducta de los hombres durante ese tiempo fue
intachable. Según lo previsto, dejaron de ser observados y comenzaron a
moverse libremente por el campamento.
Un día que Mariana volvía con el padre Tuck de una
aldea cercana de ver a un enfermo, los dos traidores se abalanzaron sobre
ellos. Ataron y amordazaron al padre Tuck, y raptaron a Mariana
La traición produjo un gran dolor entre las gentes
de Sherwood. Nunca les había sucedido nada igual. Pero estaba claro que los
enemigos de Robin utilizarían cualquier arma contra él. Además, eran muy ricos
y podían pagar a gente que actuara por dinero.
Robin reunió a todos sus hombres. Ya sabía que
Mariana se hallaba en el castillo de Hugo de Reinault, como antes había
sucedido con Much y Richard At Lea. Debían trazar minuciosamente el plan que
les permitiera conseguir su liberación.
Estaban discutiendo cómo realizar el ataque al
castillo, cuando los vigilantes advirtieron que un caballero se acercaba al
galope.
A los pocos minutos, un misterioso caballero
apareció ante ellos. Robin sujetó las bridas del caballo.
‑¿Quién eres que te interpones en mi camino? ‑preguntó.
‑¿Acaso no sabéis que en Sherwood no se puede
entrar sin mi autorización? ¿Por qué habéis elegido este camino?
‑¿Me encuentro frente a Robin Hood y los suyos? Me
habían advertido sobre este peligro, pero deseaba conocerlos y conocer las
razones que les han llevado a enfrentarse a los normandos.
‑Pero vos lleváis escudo y armas normandas ‑dijo
Robin, muy impresionado por la misteriosa figura y por la seguridad de su tono.
‑Lo soy, joven. Pero no debes considerarme un
enemigo por el momento. Deseo conocer los motivos que os han Ilevado a
enfrentaros al príncipe Juan. Si me parecen razonables, podéis contar conmigo.
Si no es así, os combatiré.
Durante algunas horas, Robin contó su historia al
desconocido. Éste escuchó con gran atención y después pidió a Robin que le
dejara descansar un rato para meditar su decisión.
‑Os ayudaré ‑anunció el caballero poco después‑.
Vuestras razones me han convencido. Estoy a vuestras órdenes.
Todos aplaudieron calurosamente y Robin expuso el
plan que había ideado para liberar a Mariana.
‑Algunos entraremos en el castillo por el pasadizo
secreto. Desde el sótano subiremos hasta la habitación en la que se encuentra
Mariana, y Much será el encargado de ponerla a salvo. A continuación, haremos
bajar el puente levadizo para que entréis en el castillo todos los demás.
Debemos conseguir prender fuego al castillo y dispersar a todos los soldados.
Sólo así viviremos tranquilos y en paz durante algún tiempo.
Esa misma noche iniciaron la arriesgada operación.
Robin, Much y algunos hombres más entraron por el pasadizo hasta Ilegar a los
sótanos del castillo. Pero el carcelero se puso a gritar y dio la voz de
alarma. Lograron amordazarle y subieron al piso superior. Allí encontraron a
cuatro guardias, alertados por las voces. Se inició un breve combate, suficiente
para que los ruidos llegaran a oídos de Guy de Gisborne. Éste corrió a la
habitación de Mariana y se encerró con ella dentro.
El contratiempo hizo que Robin tuviera que
improvisar un nuevo plan. Dos hombres quedarían ante la puerta. Much trataría
de alcanzar la ventana del aposento de Mariana para intentar entrar. Él y los
demás hombres se dirigirían hasta el puente levadizo.
AI cruzar el patio, Robin y los suyos tuvieron que
enfrentarse a veinte soldados bien armados. Los redujeron con bastante rapidez y
comenzaron a hacer descender el puente para permitir la entrada de los demás.
En ese mismo momento aparecieron ante ellos los hermanos Reinault y Ralph de
Bellamy escoltados por un grupo de soldados. Todas las fuerzas del castillo
estaban allí concentradas.
Se libró un encarnizado combate en el que murieron
los tres caballeros y muchos de sus soldados. Otros emprendieron la huida ante
el arrojo de Robin y sus hombres.
Faltaba ahora la liberación de Mariana. Se
dirigieron hasta la estancia en la que Guy de Gisborne se mantenía pertrechado.
A través de la puerta, Robin pidió al caballero su rendición.
‑¡Dejadme salir o acabaré con Mariana! ‑dijo.
Pero, en ese momento, Robin era informado de que
Much estaba a punto de introducirse en la habitación. Dio la orden de que lo
hiciera justo cuando De Gisborne abriera la puerta.
‑Está bien. Nada podemos hacer. Vos ganáis ‑dijo
Robin.
Se abrió la puerta. Apareció De Gisborne escudado
tras la joven. Entonces, Much hizo prisionero al cruel barón.
La alegría de todos fue inmensa. Pero entonces, De
Gisborne se revolvió contra Much, y éste no tuvo más remedio que utilizar su
espada. El caballero quedaba mortalmente herido.
CAPÍTULO TRECE
DÍAS DE
ALE6RÍA EN EL BOSQUE
DE SHERWOOD
EI
asalto al castillo de Hugo de Reinault había sido un rotundo éxito. Una vez
puestos en fuga sirvientes y soldados, los hombres de Robin cargaron con todo
lo valioso que había dentro y provocaron el incendio de la fortaleza. Así no
volvería a ser utilizada contra ellos por otros adeptos del príncipe Juan.
Había algo, no obstante, que asombraba a Robin.
Cuando abandonaron el castillo en llamas, había buscado al misterioso caballero
que se había unido a la arriesgada expedición. Ni rastro de él. Nadie recordaba
haberlo visto en los últimos momentos.
La tranquilidad era absoluta en Sherwood; los
principales enemigos de los allí refugiados habían sido eliminados. Aun así,
Robin Hood y los suyos sabían que no podían bajar la guardia. Sin duda, el
príncipe Juan, ayudado por otros barones fieles, seguiría cargando contra
ellos.
Robin se preguntaba cuándo acabariá esa lucha sin
cuartel. Cuándo podrían vivir en paz, sin tener que esconderse, sin ser
considerados ciudadanos fuera de la ley.
Un buen día, Robin y los suyos recibieron una
visita sorprendente. En medio de la espesura apareció el misterioso caballero
del que nada habían vuelto a saber desde el asalto al castillo del señor de
Reinault.
Tras el efusivo recibimiento del que fue objeto el
noble visitante y sus muestras de sincero agradecimiento, se alejó con Robin
hasta la cabaña de éste.
‑Espero que hayas resuelto unirte a nosotros ‑dijo
Robin.
‑No es así exactamente, Robin. Escúchame ahora con
mucha atención. Yo soy el rey Ricardo Corazón de León.
Robin quedó estupefacto al oír aquellas palabras.
Hincó sus rodillas en el suelo y emocionado besó la mano de su añorado rey.
‑Ahora soy yo el que necesita vuestra ayuda,
Robin. Convoca a tus hombres.
Robin salió de su choza y llamó a los suyos. AI
momento, todos rodearon a Robin y su acompañante.
Robin tomó la palabra y, conteniendo su
excitación, dijo:
‑Amigos, hoy es un gran día. El día más feliz de
todos los que llevamos aquí. Tenéis ante vosotros al gran rey Ricardo.
La multitud estalló en aplausos. Los vítores a
Ricardo I de Plantagenet parecían no tener fin. Las lágrimas en los rostros
manifestaban el hondo sentir de todos los presentes.
‑He tenido la oportunidad de comprobar lo que
todos habéis sacrificado por mí y os aseguro que, cuando recupere mi trono,
dejaréis de ser proscritos y se os restituirá lo que hayáis perdido. Ahora
tengo que pediros un último favor: que me acompañéis a Londres a recuperar lo
que me pertenece. El rey de Escocia está en camino y se unirá a nosotros allí.
Yo iré con vosotros.
‑Será un gran honor acompañaros, majestad ‑dijo
Robin.
AI día siguiente, Robin Hood y sus hombres, con el
rey Ricardo a la cabeza, emprendieron la marcha hacia Londres.
El príncipe Juan había sido advertido de que las
tropas escocesas se acercaban a la ciudad. Todo estaba dispuesto para repeler
la ofensiva del rey escocés David de Huntington, sir Kenneth.
Cuando los dos ejércitos estaban a punto de
enfrentarse en combate, Juan sin Tierra observó que su retaguardia se veía
amenazada por un numeroso grupo de hombres armados.
‑Señor, es la banda de Robin Hood ‑dijo uno de los
vigías.
‑Nos dividiremos. Atacaremos a la vez en los dos
frentes. Somos suficientes para obtener la victoria ‑dijo el príncipe Juan.
El gran ejército de Juan sin Tierra se separó en
el acto, dispuesto a librar la batalla. Pero, apenas unos minutos después, el
príncipe Juan observó que de las filas de los soldados de Sherwood se
adelantaba un caballero perfectamente armado.
‑¡Detened el combate! ‑gritó el extraño caballero.
‑¿Por qué tenemos que obedecer esa orden? ‑preguntó
indignado Juan sin Tierra.
‑Porque soy el rey Ricardo. Vuestro hermano.
En ese momento, en medio de un silencio sepulcral,
Ricardo Corazón de León desmontó de su caballo y, despojándose del casco, dejó
al descubierto su inconfundible rostro.
Todos lanzaron vivas al rey, unidos en un único
clamor que se elevaba hasta el cielo.
‑Perdonadme, hermano ‑dijo el príncipe Juan‑. Cómo
iba yo a sospechar que vos. . . Pensé que se trataba de otro ataque de Robin
Hood... Que el rey de Escocia lo apoyaba...
‑¡Cuántos errores habéis cometido, Juan! Os dejé
un reino en paz. Confié en vos... Me legáis un país insatisfecho, enfrentado. Desde
este instante quedáis desterrado.
A Ricardo Corazón de León se le humedecieron los
ojos. Se sentía decepcionado, traicionado por su propio hermano. Nunca debió
dejar el reino en sus manos.
Juan sin Tierra, acompañado de un reducido
séquito, partió hacia sus posesiones en Bretaña. Pensaba que ya nunca volvería
a Inglaterra, que en ese momento terminaba su papel en la monarquía inglesa.
El rey Ricardo abrazó y felicitó a Robin y sir
Kenneth, ya rey de Escocia. Con ellos y junto a hombres sajones, normandos y
escoceses desfiló triunfal por las calles de Londres. Poco después abrazaba a
su querida esposa y a la reina madre.
Todo el país festejó la vuelta de su rey. Ricardo
Corazón de León proclamó la igualdad entre normandos y sajones, y reintegró
sus bienes a los desposeídos. Los barones normandos aprobaron estas medidas,
cansados ya de tantos años de lucha.
Robin Hood fue nombrado conde de Nottingham y le
fue restituido el título y la herencia legados por su padre.
Los miembros de la banda de Robin volvieron a las
tareas que un día tuvieron que abandonar en pos de la justicia y de una
existencia pacífica. Algo que habían logrado, después de tanto tiempo, gracias
a la vuelta del buen rey.
Richard At Lea y su hija Mariana, tras los
sufrimientos pasados, volvían a vivir juntos y en paz en el castillo familiar.
Los sucesos vividos perdurarían por siempre en su memoria.
Poco tiempo después, Robin planteaba a su querido
Richard At Lea una importante cuestión:
‑Señor, deseo pediros la mano de vuestra hija.
‑Sólo el cielo sabe lo que siento al escuchar tu
petición, hijo. Erais unos niños cuando tu padre y yo soñábamos con ello –dijo
conmovido el anciano caballero abrazando a Robin.
Dos meses más tarde se celebró la boda de Mariana
y Robin. La ceremonia fue oficiada por el emocionado padre Tuck. Asistieron el
rey y su esposa Berengaria, la reina madre, el rey de Escocia y su esposa, los
principales barones ingleses y todos los miembros de la banda de Sherwood.
El rey Ricardo aprovechó la ocasión para recordar
la importancia de las acciones llevadas a cabo por aquellos hombres y mujeres,
y volvió a reiterar públicamente su reconocimiento.
La alegría reinó durante los tres días que duró el
banquete. Los invitados brindaron por la felicidad de los recién desposados, a
los que todos querían como a sus propios hijos.
CAPÍTULO CATORCE
LA ÚLTIMA FLECHA DE
ROBIN
EI rey
Ricardo nombró consejero de la corona a Robin Hood. Muy pronto necesitó oír sus
opiniones sobre un grave asunto: una posible declaración de guerra a Francia.
El rey francés no cesaba en sus instigaciones, y el buen rey inglés había
presentado ya una protesta formal en la corte francesa. Si Felipe de Francia se
disculpaba, el asunto quedaría olvidado. Si no era así, Ricardo Corazón de
León, por dignidad personal y de su monarquía, no tendná más remedio que luchar
contra el país vecino.
Las gestiones diplomáticas ante el rey Felipe
fracasaron y Ricardo I se vio en la obligación de declararle la guerra.
Robin quería acompañar a su rey en aquella
campaña. Pero el rey no aceptó el ofrecimiento.
‑Permaneceréis aquí, Robin. Mi esposa será la
regente, y vos, su consejero más cercano. Necesito que me proporcionéis todos
los hombres que podáis para nutrir mi ejército.
‑Lo que ordenéis, majestad.
Pocos días después, Ricardo Corazón de León partía
hacia Francia. Aquella guerra inspiraba a Robin muchos temores. Sentía miedo
por la vida del rey de Inglaterra.
Las primeras noticias sobre la campaña fueron
esperanzadoras. Se cosecharon grandes victorias. Las tropas inglesas estaban
eufóricas. En Inglaterra, la alegría era desbordante.
Pero los avatares del destino hicieron que una
flecha hiriera mortalmente al rey Ricardo en el asalto a una fortaleza. Los
soldados ingleses retiraron el cuerpo de su rey del campo de batalla y
emprendieron la retirada. La trágica noticia sumió en el más profundo dolor a
todo el pueblo de Inglaterra.
Tras los funerales del rey Ricardo, se reunió el
consejo de la corona. La línea dinástica tenía continuidad en el hermano del
rey, en Juan sin Tierra, ya que Ricardo I no había tenido descendencia. A
pesar de las pocas simpatías con las que contaba el príncipe Juan dentro del
consejo, ninguno de sus miembros manifestó voluntad por cambiar el orden
sucesorio. Así, Juan sin Tierra fue proclamado rey de Inglaterra.
La primera medida del nuevo rey fue cesar de forma
fulminante a todos los miembros del consejo de la corona. Precisamente a aquellos
hombres que, por lealtad a la monarquía, lo habían entronizado. Éstos fueron
sustituidos por sus amigos más íntimos.
Apenas un mes después de su coronación, Juan sin
Tierra abolía todos los privilegios y libertades decretados por su hermano.
Deseaba un poder sin límites.
Esto provocó fuertes protestas. La mayoría de los
nobles se rebeló contra las medidas del rey, quien sólo favorecía a sus adeptos
más cercanos.
A causa de las revueltas y para que fuera acatada
su autoridad, el nuevo rey decidió confiscar los feudos de la nobleza y
publicar una larga lista de proscritos. Entre ellos se encontraba, por
supuesto, el conde de Nottingham.
‑Tendremos que volver a Sherwood, Mariana ‑dijo
Robin.
El bosque de Sherwood volvió a convertirse en un
lugar de encuentro para los descontentos con el poder autoritario de Juan sin
Tierra. Pero en esta ocasión, Robin Hood fue seguido no sólo por campesinos,
artesanos y servidores, sino por un gran número de caballeros, tanto sajones
como normandos.
El acoso a los refugiados en Sherwood volvió a ser
la principal ocupación de Juan sin Tierra. De la misma forma, Robin Hood tuvo
que volver a organizar su banda, ahora bien numerosa, para repeler los
continuos ataques enemigos.
Pero el rey Juan y sus seguidores tenían a Robin
en el punto de mira. Pensaban que si acababan con él, acabarían con la mitad de
los problemas.
Un día llegaron al bosque dos buhoneros. Entre sus
variadas mercancías había preciosas telas. Los vigilantes realizaron el
estricto control acostumbrado y no encontraron nada sospechoso. Sabían que las
mujeres tenían problemas para adquirir tejidos con los que confeccionar sus
ropas, así que los dejaron pasar Pensaron, sobre todo, en lo feliz que se
pondría Mariana.
Y así fue. Mariana y el resto de las mujeres de
Sherwood rodearon a los buhoneros que mostraban aquellas maravillosas telas y
las extendían sobre otros valiosos objetos.
De repente, uno de los mercaderes tomó en sus
manos una cimitarra artísticamente labrada. Todos admiraban la extraña arma oriental
cuando, en un santiamén, el desconocido la desenfundó y la clavó varias veces
en el cuerpo de Mariana. Ésta cayó al suelo mortalmente herida.
El pánico cundió entre todos los presentes. Los
que pudieron entrar en acción persiguieron al buhonero que echó a correr por la
espesuna. Robin acudió en primer lugar a auxiliar a su esposa y, al ver el
estado en el que se encontnaba, decidió ir tras el asesino. Lo alcanzó con una
de sus flechas cuando estaba acurrucado bajo un árbol. La flecha atravesó el hombro
del buhonero y lo dejó clavado al tronco. Allí lo capturaron. Robin miró su
cara y lo reconoció de inmediato: era John de Bellamy el hermano de Ralph.
Todo Sherwood veló esa noche el cadáver de
Mariana. Robin, arrodillado ante su esposa, no paraba de llorar No había
consuelo para él.
AI día siguiente, Mariana recibió cristiana
sepultura. El padre Tuck fue el encargado de realizar el oficio religioso, como
lo había hecho también en la ceremonia de su boda. El dolor y la consternación
de los proscritos de Sherwood era inmensa.
Tras el triste acontecimiento, algunos de los
hombres de Robin trasladaron a los dos prisioneros hasta el pie de la muralla
del castillo de Ralph de Bellamy donde, desde la muerte de éste, vivía John.
Allí, los dos falsos buhoneros fueron ahorcados.
Desde aquel funesto día, Robin no volvió a ser el
mismo. La melancolía que inundaba su alma se apoderó también de su cuerpo.
Estaba tan débil, que su fiel Johnny le propuso acompañarle hasta algún lugar
donde pudiera descansar.
Robin aceptó pedir cobijo a su tía Margaret,
abadesa de un monasterio. En aquel lugar estaría seguro y podría recuperar su
salud. Aunque el dolor que sentía en el alma fuera incurable.
En las jornadas que duró el viaje, Robin agotó sus
escasas fuerzas. A partir de ahí quedó postrado en el lecho de una celda,
vigilado día y noche por su leal amigo. De nada sirvieron las pócimas que le
fueron administradas. Su estado no mejoraba.
Un día llegó a las puertas del monasterio un
médico que pidió posada para pasar la noche. La tía de Robin le rogó que
visitara a su sobrino, que se hallaba inconsciente desde hacía varios días.
El desconocido, al ver al enfermo, aseguró que el
único remedio para acabar con su mal era efectuar una sangría.
La abadesa y Johnny aceptaron el consejo del
médico, sin sospechar que éste era un enviado del rey para acabar con Robin.
Así, el falso médico realizó la sangría, pero no
vendó con fuerza la herida del brazo y el enfermo fue desangrándose lentamente.
Media hora más tarde, Robin, como en sueños, pidió
a su amigo que le incorporara en el lecho y le acercara su arco y sus flechas.
Johnny obedeció sin poder contener las lágrimas.
‑Amigo mío, voy a reunirme con mi dulce Mariana ‑decía
Robin con un hilo de voz‑. Entiérrame donde caiga esta flecha.
Y con un gran esfuerzo, Robin tensó el arco y
disparó su última flecha, Ésta salió a través de la ventana de la celda y fue a
clavarse en el prado que rodeaba el monasterio.
Johnny llorró horas y horas la muerte de su amigo.
Después cavó la fosa en el lugar en el que había caído la flecha y lo enterró.
Así acabó sus días Robert Fitzwalter, conocido
como Robin Hood, héroe de los proscritos del bosque de Sherwood.
Nota sobre la obra
ROBIN HOOD
Las hazañas de Robin Hood se narran en una serie
de baladas que fueron transmitiéndose de forma oral, durante siglos y siglos.
La balada es
el género medieval de la literatura inglesa equivalente a los romances de
nuestra literatura. En ellas se contaban las distintas aventuras de un héroe.
Las baladas son anónimas y fueron concebidas para
ser cantadas o recitadas por los juglares. Por eso, debido a la transmisión
oral y a la intervención de numerosos juglares, las baladas presentan diversas
versiones sobre un mismo hecho.
En el caso de Robin Hood, sus hazañas se narran en
más de treinta baladas. Éstas fueron recogidas en un verdadero poema épico: The gest of Robin Hood. La obra, impresa alrededor del año 1500, agrupa los
distintos episodios sobre la vida del héroe.
A lo largo del tiempo, las andanzas de Robin Hood
han inspirado obras literarias ‑como es el caso de Ivanhoe (I8I9), de
Walter Scott.
Asimismo, la vida del héroe de Shervvood ha sido
llevada al cine. Robin Hood ha sido protagonista de numerosas películas,
algunas de ellas de dibujos animados.
A este personaje también se le conoce en España
con el nombre de Robin de los Bosques.
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